Entrevistas

Miguel Álvarez-Fernández | No puedo entender la música como algo distinto de la política


29/04/2013

Nos pusimos en contacto con Miguel Álvarez-Fernádez hace tiempo, con una pregunta muy clara: qué es un artista sonoro y en qué se asemeja o diferencia de un compositor al uso?. 
Espero que disfrutéis con sus reflexiones ya que el perfil de Miguel Álvarez-Fernández es el de un hombre muy ecléctico: compositor, artista sonoro, musicólogo, comisario de proyectos de arte sonoro y productor radiofónico, a Álvarez-Fernández no le gusta que le encasillen, no es amigo de las etiquetas ni los corsés y es demasiado curioso como para centrarse en una sola actividad, probablemente se ahogaría. Tampoco es capaz de poner una línea muy clara entre su actividad como ser humano y su actividad como artista sonoro, tal vez la etiqueta donde se siente, a regañadientes, algo más cómodo. Y como él dice: “cada (auto) biografía es un mero relato, entre otros muchos posibles” ¡y si le dejaran la lista de posibles se ampliaría seguro! 

El Compositor Habla

Ruth Prieto, para El Compositor Habla, entrevista al compositor y artista sonoro Miguel Álvarez - Fernández

Galapagar-Madrid, Abril del 2013 

No puedo entender la música como algo distinto de la política



1. Ruth Prieto: veo en su biografía que es usted compositor, artista sonoro, musicólogo, comisario de proyectos de arte sonoro y productor radiofónico: ¿eso es ser polífacético o son distinta parcelas de algo común?

Miguel Álvarez-Fernández: ¡Lo segundo, sin duda! En realidad, también paseo, leo muchos tebeos, cocino (aunque nada bien), me enamoro (con excesiva facilidad) y aún hago algunas cosas más… Cada (auto)biografía —incluida la que forman estas líneas— es un mero relato, entre otros muchos posibles, y todo lo que incluye o resalta —así como lo que evita o censura— simplemente representa un punto de encuentro —o de choque— entre los prejuicios del biógrafo y los de la sociedad en la que desempeña su labor. Un compromiso. ¿Por qué mencionar unas actividades y no otras? Las respuestas a esta pregunta rozan las tenues fronteras que separan la psicología de la sociología (otras dos actividades a las que dedico buena parte de mi tiempo).

2. Ruth Prieto: ¿Qué diferencia un compositor de un artista sonoro?

Miguel Álvarez-Fernández: Los compositores, por lo general, suelen ser gente más seria, sin mucho sentido del humor (o, al menos, no tienden a manifestarlo a través de su trabajo). Con frecuencia le dan una importancia excesiva a eso que llaman “saber música”, e incluso algunos piensan que ésta tiene que ver, sobre todo, con las partituras y los conservatorios. En cuanto a los artistas sonoros, en realidad nadie sabe muy bien qué son ni qué hacen —ni mucho menos por qué lo hacen—, lo cual explica su inmenso atractivo y su creciente popularidad.

3. Ruth Prieto: ¿Qué tiene de oficio componer?

Miguel Álvarez-Fernández: El oficio, la maestría, la profesionalidad… son categorías opuestas a lo que algunos entendemos que es —después de Dada, Cage, Fluxus, el punk, etc.— el arte. Nuestra aspiración es que no haya diferencias entre el arte y la vida (lo cual podría servir también como respuesta a la primera pregunta de este cuestionario), y si entendemos “oficio” como lo define el diccionario —“Profesión de algún arte mecánica”—, convertir en eso la vida no parece muy recomendable.

4. Ruth Prieto: ¿Cuál ha sido la última alegría que le ha dado la música?

Miguel Álvarez-Fernández: Hace unos minutos, cuando un sonido me avisó de que llegaba un correo electrónico con este cuestionario. Me lo estoy pasando muy bien.

5. Ruth Prieto: ¿Y el último disgusto?

Miguel Álvarez-Fernández: John Cage escribió: “Si algo es aburrido después de dos minutos, inténtalo durante cuatro. Si todavía es aburrido, durante ocho. Después, treinta y dos. Finalmente uno descubre que no era en absoluto aburrido”. También que “la primera pregunta que me hago a mí mismo cuando algo no me parece bello es ¿por qué siento que eso no es bello? Y muy rápidamente uno descubre que no hay razón”. Cuanto más nos aproximemos a estas dos aspiraciones, menos disgustos nos dará la música (es decir, la vida). Yo todavía ando muy lejos de eso, pero no recuerdo ningún disgusto reciente.

6. Ruth Prieto: ¿En qué consiste el trabajo de un artista sonoro?

Miguel Álvarez-Fernández: Se reduce a escuchar, y en ocasiones compartir esa escucha: por un lado, proyectándola sobre fenómenos que anteriormente no parecían merecedores de ello y, por otro lado, proponiendo otras formas de escucha respecto de aquello que ya se escuchaba. Los medios que se empleen para ello resultan, como es obvio, irrelevantes.

Es importante para mí resaltar que esa palabra, “escucha”, no debería leerse aquí como si estuviera en un poema de Valente o Gamoneda… ¡Nada de misticismos, por favor! La perspectiva es, más bien, materialista: se trata de preguntarnos por qué escuchamos como escuchamos. Es decir, tomar consciencia de los condicionantes (históricos, sociales, políticos, económicos…) que determinan nuestra escucha. Y, en su caso, transformarlos —o, por lo menos, jugar con ellos—.

7. Ruth Prieto: ¿Cuál ha sido su mayor extravagancia?

Miguel Álvarez-Fernández: Soy licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid. Y nunca he tenido teléfono móvil.

8. Ruth Prieto: ¿Qué aporta la música a la educación?

Miguel Álvarez-Fernández: Sería muy sencillo escribir aquí un párrafo que concluyese afirmando que “un niño que estudia música jamás irá a la guerra”, o algo así. Pero no es verdad y, de hecho, cabe pensar que los procedimientos disciplinarios propios de los conservatorios —y de la enseñanza instrumental en particular— favorecen la sumisión y la aquiescencia en aquellos cuerpos y mentes que los padecen. Ahora bien, como nos enseñó Foucault, un poder y unos mecanismos de control biopolítico tan extremos pueden generar notables disidencias en esos sujetos traumatizados y humillados.

Por supuesto, también cabe plantear la educación musical desde un paradigma más “humanitario” —como diría un político, o un periodista—, y eso (que tiene muy poco o nada que ver con la tradición “clásica” occidental, según ésta coagula en el s. XIX) es una de las causas por las que los conservatorios y los auditorios de música tradicionales se están vaciando desde hace décadas. Todo ese universo disciplinario tiene sentido cuando la sociedad fomenta y recompensa valores como el esfuerzo, el respeto a la tradición, la adoración de los “genios”, etcétera. Felizmente, aunque poco a poco, las sociedades occidentales se alejan de esos paradigmas morales.

Si hablamos de los cambios sociales que afectan a la educación musical, también conviene recordar la casi total desaparición del prestigio social que, hasta hace un par de generaciones, derivaba de que el niño —o, sobre todo, la niña— de la casa supiese tocar algún instrumento “clásico”, como el violín o el piano. Ese prestigio sólo puede existir dentro de una sociedad que también aplauda a quien conoce los argumentos de las óperas de Verdi, o las tonalidades de las sinfonías de Beethoven. Y muy poca gente europea menor de cuarenta años, por cultivada que sea, atribuye más valor a esas cosas que, por ejemplo, a memorizar diálogos de Star Trek o frecuentar autores de cómic japoneses. Son frikadas. Ya ni siquiera tocar la guitarra eléctrica otorga un prestigio análogo, como aún sucedía hace veinte años. Quizás lo más parecido a lo que todo aquello representó en el pasado sea hoy el DJing, que aún puede aumentar la reputación (o capital simbólico, como diría Bourdieu) de un joven, y que además encarna muchos valores propios de la sociedad contemporánea: requiere de conocimientos superficiales, variopintos y fragmentarios, dominio de “las nuevas tecnologías”, de Internet, habilidad para socializar, capacidad de improvisación, no exige una práctica diaria ni constante, ni tampoco respeto a la llamada “propiedad intelectual”….

9. Ruth Prieto: ¿Qué le da miedo?

Miguel Álvarez-Fernández: Casi todo, especialmente la muerte. Pero volveré a citar a John Cage, que como se sabe era muy avispado para este tipo de chascarrillos: “No entiendo por qué la gente tiene miedo de las nuevas ideas. A mí me dan miedo las viejas” (para seguir esta racha de citas cageanas a pares, y además completar la respuesta anterior: “No necesitamos destruir el pasado. Ya se ha ido”).

10. Ruth Prieto: ¿Perdió algo por el camino?

Miguel Álvarez-Fernández: ¿El camino a dónde? (Yo mismo debo de estar bastante perdido).

11. Ruth Prieto: ¿Qué es el silencio?

Miguel Álvarez-Fernández: [ ]

12. Ruth Prieto: Liberté, egalité, fraternité ... ¿Añadiría algo?

Miguel Álvarez-Fernández: El silencio de la pregunta anterior. [Al igual que todas las anteriores citas de Cage, estos cuatro ideales nos pueden servir para saber, en cada momento, lo cerca o lo lejos que estamos de ellos y, sobre todo, si nos estamos aproximando, o más bien alejando].

También añadiría que ahora casi todo el mundo parece estar de acuerdo en que la Revolución Francesa —durante la cual esos tres términos cobraron una especial relevancia— fue, en términos generales, algo positivo. Pero algunas de esas mismas personas consideran que el Mayo del 68 fue, claramente, un fracaso (es comprensible que quienes hoy tienen entre cincuenta y setenta años piensen así: de allí deriva el posterior fracaso de esa generación). Y lo peor es que no solamente esas personas, sino también algunos mucho más jóvenes, tengan miedo a la Revolución en la que estamos incursos hoy, ahora, e incluso lleguen a negarla. Una vez más, parece que lo nuevo da más miedo que lo viejo, aunque sepamos que esto último ha sido —está siendo— terrible.

13. Ruth Prieto: ¿A quién rescataría del pasado?

Miguel Álvarez-Fernández: A muchos compositores de mi generación.

14. Ruth Prieto: ¿Qué tiene el presente de interesante?

Miguel Álvarez-Fernández: Que está muy, muy cerca del futuro.

15. Ruth Prieto: ¿Qué espera del futuro?

Miguel Álvarez-Fernández: Que llegue lo antes posible. Así defino el momento actual: demasiado tarde para algunas cosas, pero demasiado pronto para otras. Si conseguimos sobrevivir, en unos pocos años podremos mirar atrás y constatar quién sigue apostando, todavía hoy, por los modelos viejos, y quién por los nuevos.

16. Ruth Prieto: Podría definir ¿contemporáneo?

Miguel Álvarez-Fernández: Desgraciadamente, sí. Al menos cuando aparece en la fórmula “música contemporánea”. Cuando era joven, lo que me apasionaba de este género es que, a diferencia de todos los demás que conocía, en él no estaba predefinido cómo iba a sonar esa música, a qué se iba a parecer. Pensaba que un concierto de rock, por ejemplo, siempre sonaba “a rock”, y uno de jazz sonaba siempre “a jazz” (y todos los asistentes sabíamos, de alguna forma, qué significa “sonar a rock” o “sonar a jazz”). Eso me resultaba extremadamente aburrido, y me hacía perder el interés.

En cambio, me parecía que en el caso de la música contemporánea eso no era así, y uno llegaba a un concierto sin saber si aquello iba a sonar como “Stimmung”, como “Oktophonie”, como “Harlequin”, o como “Mantra” (por sólo citar cuatro obras bien diferentes de un mismo autor, Stockhausen, con quien por supuesto quise trabajar inmediatamente, por lo que peregriné a Kürten con veintiún años, justo después de haberme decepcionado el verano anterior en los cursos de Darmstadt).

Allí descubrí varias cosas. Por un lado, que el mundo de Stockhausen (quien podría haber sido, por edad, mi abuelo) era absolutamente diferente del mío. No entiendo a la gente de mi generación, o incluso más joven, que todavía tiene como claros referentes a compositores como Nono, Lachenmann, o Feldman… y los sigue considerando como contemporáneos. Cuando yo discutía con mis abuelos —a los que quería mucho, por cierto—, mi forma de ver las cosas era forzosa y radicalmente distinta de la suya, y todos asumíamos que lo contrario sería, cuando menos, preocupante.

También descubrí que, desde los años ochenta, eso de la “música contemporánea” se había convertido en algo bastante, bastante más previsible de lo que yo creía. Precisamente esa gente que se consideraba a sí misma “hija”, o hasta “nieta”, de autores como los antes mencionados, en lugar de innovar tan radicalmente como hicieron ellos (o incluso de reinventar la música varias veces, como intentó el propio Stockhausen), se dedicaba a repetir de manera acomodaticia ciertos esquemas: componer obras resultado de encargos (que tienen que sonar a “música contemporánea”, porque si no se quedan sin subvención), escritas en partituras relativamente complejas (que reflejan claramente su paso por el conservatorio, y dejan todo claramente fijado —ya sabemos que aquello de las notaciones abiertas fue un simpático experimento de los sesenta, muy pasado de moda—), concebidas para auditorios tradicionales (y adaptadas a sus previsibles condiciones acústicas… y, sobre todo, sociales), por supuesto concebidas para la plantilla de un ensemble (¿existe algún compositor actual de “música contemporánea” cuyo catálogo no esté protagonizado por este tipo de agrupaciones?), con una duración de entre 7 y 20 minutos (que facilite la integración de la obra, junto a otras igualmente previsibles, en un programa convencional de “música contemporánea”), y en las que los roles artísticos y sociales de compositor e intérprete (y, por supuesto, cualquier otra cuestión con posibles repercusiones políticas, o que simplemente cuestione el status quo vigente) también se ajusten a las normas establecidas.

Al mismo tiempo, también comprobé que otros ámbitos estéticos, como los antes mencionados del jazz o del rock, no estaban tan limitados como yo pensaba (sin duda inspirado por mis apasionadas lecturas de Adorno), sino que a menudo toleraban, e incluso fomentaban, un grado de innovación mucho mayor que el ofrecido por las instituciones dedicadas al cultivo de la “música contemporánea”. Y, sobre todo, descubrí (estábamos en los noventa) las raves, que aun hoy me siguen pareciendo el fenómeno estético-musical más relevante de las últimas décadas, después del punk. ¿Debería sorprendernos que apenas haya influido en la llamada “música contemporánea”?

También encontré otros caminos, como el inspirado por Cage… ¡un abuelo muy diferente a todos los demás, pues la apertura de su pensamiento y su praxis —incompatibles con cualquier forma de escolasticismo— hace imposible cualquier forma de imitación! Y el intenso contacto directo con poetas, artistas visuales y científicos propiciado por mis tres años de estancia en la mítica y maravillosa Residencia de Estudiantes me hizo tomar consciencia del carácter extremadamente cerrado e impermeable de esa “música contemporánea” en la que me había formado. Allí, conviviendo con brillantes artistas e intelectuales, entendí por qué a casi nadie (y no hablamos precisamente de tontos, ni de incultos) le interesa una música que se sigue autodenominando “contemporánea”, pero que ha perdido toda conexión con su tiempo.

17. Ruth Prieto: ¿Podría decirme cómo es su música?

Miguel Álvarez-Fernández: Es una música que intenta no ser música. Lo malo es que, hasta ahora, siempre he fracasado (salvo desde la perspectiva de algunos “colegas”, que aseguran que lo que yo hago es, en realidad, performance, teatro, experimentos, bromas, musicología, tonterías, comisariado, DJing, etc.)

18. Ruth Prieto: ¿Cómo definiría el arte sonoro actual?

Miguel Álvarez-Fernández: Imposible… Por resumir mi extensa respuesta de unas líneas más arriba, fue precisamente después de constatar lo fácil que resulta definir hoy la llamada “música contemporánea” (encargos, partituras, auditorios, conciertos, instrumentos, compositores, intérpretes…) cuando perdí mi interés al respecto. Para cuando tenga igual de claro qué es el arte sonoro, me pasaré a otra cosa.

19. Ruth Prieto: ¿Qué le hace reír?

Miguel Álvarez-Fernández: A veces, las mismas cosas que menciono en la siguiente respuesta… ¡No se puede negar que este asunto tiene algo de paradójico para los (presuntamente) antiacadémicos artistas sonoros!

20. Ruth Prieto: ¿Qué le hace llorar?

Miguel Álvarez-Fernández: Constatar que en la llamada “música contemporánea” apenas hay ideas nuevas desde hace décadas. Y subrayo el término “ideas”, pues para mí los últimos compositores significativos de esa tradición (de nuevo: Stockhausen, Boulez, Nono, Kagel, Cage, Feldman, Brown, Lucier…) eran eso, hombres de ideas. No me parece irrelevante que todos ellos escribieran suculentos textos, que aún hoy conservan buena parte de su valor. ¿Qué compositor posterior ha firmado volúmenes comparables a los que recopilan todas esas reflexiones?

El acendrado anti-intelectualismo de los compositores actuales (espoleado por la pésima formación impartida en los conservatorios, y manifiesto en su generalizado aprecio por “el oficio”) también ha propiciado que sea en el ámbito del arte sonoro donde se hayan refugiado quienes tenían cosas que pensar y que decir. Cualquier repaso a la bibliografía de la última década (no sólo en inglés, alemán o francés, sino también en nuestro idioma) atestigua una proliferación de libros y revistas dedicadas al arte sonoro inversamente proporcional a los escasos títulos relevantes surgidos en el ámbito de la “música contemporánea”.

21. Ruth Prieto: ¿A qué compositor invitaría a comer a casa?

Miguel Álvarez-Fernández: ¡A casi todos! [Es una respuesta ambigua: más arriba he señalado lo torpe que soy cocinando…]

22. Ruth Prieto: ¿Con cuál se sentaría a charlar horas y horas?

Miguel Álvarez-Fernández: Los lectores con oídos perspicaces distinguirán la respuesta a esa pregunta escuchando algunas de las conversaciones aquí preservadas: 

http://www.rtve.es/alacarta/audios/ars-sonora/ 

(Por supuesto, las obligaciones exigidas por una radio pública no suelen —ni deben— coincidir con los gustos personales de sus empleados, de ahí la necesidad de cierta perspicacia para separar la devoción de la obligación).

23. Ruth Prieto: ¿Tiene usted “compositor de cabecera”?

Miguel Álvarez-Fernández: Una de las hipótesis de partida que manejo en mis trabajos de filosofía de la música es: “¿Cómo debería estar constituida nuestra subjetividad —es decir, cómo deberíamos ser— para que no nos gustara la música de Bach?”. Con ello intento significar el carácter “casi natural” con el que se nos manifiestan nuestros propios gustos musicales (“¡por supuesto que me gusta Bach!”), lo que en ocasiones he comparado con nuestras preferencias sexuales (que creo que se nos presentan de una forma igualmente “natural”: “¡por supuesto que me gustan…!”). En según qué ámbitos socioculturales la cosa también funciona muy bien con los Beatles y, en otros, con El Fary.

24. Ruth Prieto: Alguna manía a la hora de componer…

Miguel Álvarez-Fernández: ¡No componer!

25. Ruth Prieto: Un libro indispensable…

Miguel Álvarez-Fernández: ¿Uno? ¡Imposible! Como ensayo, citaré aquí “La distinción. Criterios y bases sociales del gusto”, de Bourdieu, pues creo que todo compositor debería tenerlo en su mesilla de noche, y no olvidarse nunca de sus primeras páginas. Soy mal lector de novela. En poesía, además de clásicos como Fernando Millán, Felipe Boso o Bartolomé Ferrando, citaré a gente de mi generación, como —claro— Sandra Santana, Patricia Esteban, Nacho Vleming… o a Mercedes Cebrián. En cuanto a los tebeos también soy bastante clásico: Alan Moore, y bastante después Neil Gaiman, Grant Morrison, Warren Ellis, Craig Thompson, Charles Burns, David Mazzucchelli… Más cerca de nosotros, Paco Roca me sorprendió gratamente con “El invierno del dibujante”; también leo a Alfonso Zapico. José Carlos Fernandes —que podría perfectamente estar en el apartado de poesía— me parece portentoso.

26. Ruth Prieto: Una película…

Miguel Álvarez-Fernández: ¡También varias! De nuevo, muy clásico: “2001”, “El Padrino I y II”, o “Aquí viene Condemor, el pecador de la pradera”, por reivindicar también lo que considero el más genuino cine español —y a un artista, Chiquito, que ha revolucionado profundamente nuestro lenguaje, y que sin duda debemos ubicar junto a los poetas citados más arriba—. De todos modos, y aunque soy consciente de que la cosecha cinematográfica de los últimos meses es excepcional (“Berberian Sound Studio”, “Django Unchained”, “Hitchcock”, “The Master”, “Lincoln”, “Argo”, “Cloud Atlas”…), pienso que en la última década las series para televisión han superado al cine en su capacidad de innovación y experimentación narrativa (“Los Soprano”, “The Wire”, “Lost”, “Mad Men”…). ¡Y todo ello sin salirnos del mainstream estadounidense más comercial!

Por cierto, me llama la atención que en el cuestionario se pregunte por libros y películas, pero no sobre videojuegos u obras de arte visual…

27. Ruth Prieto: Una canción que le arregle un mal día…

Miguel Álvarez-Fernández: Dependiendo de lo que entendamos por arreglar, “The End”, de los Doors.

28. Ruth Prieto: Un personaje del teatro imprescindible…

Miguel Álvarez-Fernández: Artaud, por supuesto.

29. Ruth Prieto: ¿Qué piensa de la política?

Miguel Álvarez-Fernández: ¡Bastante! A diferencia de muchos “colegas”, no puedo entender la música como algo distinto de la política.

30. Ruth Prieto: ¿Cuáles son sus raíces musicales (reales o imaginarias)?

Miguel Álvarez-Fernández: Todas las raíces son imaginarias, salvo las de algunos vegetales. Las mías las he revelado en varias respuestas anteriores pero, como decía Marx (Groucho) respecto de sus principios, “Si no le gustan, tengo otros”.

31. Ruth Prieto: Algunas obras maestras de la historia de la música

Miguel Álvarez-Fernández: El antes mencionado Artaud escribió, dentro de su texto “En finir avec les chefs-d´œuvre” (publicado en “El teatro y su doble”, de 1938 —nada menos—), que “las obras maestras del pasado son buenas para el pasado: no son buenas para nosotros”. Creo que ya he mostrado suficientes signos de nostalgia en las líneas anteriores, pero en cualquier caso señalaré que para mí las últimas obras maestras de la historia de la música dignas de tal nombre son “Yucani Ventango”, de Aram Slobodian, de 1963, y el “Requiem für einen jungen Dichter”, de Bernd Alois Zimmermann, fechada en 1969. No me parece casual que ambos autores se suicidasen después de concluir estos trabajos: representan el final de un periodo de la Historia. Del réquiem de Zimmermann existen varios registros, y espero que el cincuenta aniversario de la obra de Slobodian, ahora en 2013, ayude a la difusión de este trabajo apenas conocido, que además es posible que terminara de componerse en Cuenca.

32. Ruth Prieto: ¿Qué le queda de hacer en música, que no haya hecho todavía?

Miguel Álvarez-Fernández: ¡Acabar con ella! Es muy bonito y estimulante intentarlo, porque ello nos recuerda lo potente que es esa construcción cultural —tan extendida, además, entre los seres humanos—, y lo estúpido e innecesario que resulta cuidarla o protegerla (como piensan que hacen los reaccionarios, y eso cuando no intentan meter miedo a la gente diciendo que algunos estamos asesinándola…).

33. Ruth Prieto: ¿Cuál es su pasatiempo favorito?

Miguel Álvarez-Fernández: La vida (aunque debería practicarlo más).

34. Ruth Prieto: ¿Cuál considera que es su estado actual de ánimo?

Miguel Álvarez-Fernández: ¡Me da pena que se acabe esto, porque me lo he pasado muy bien! Intentaré seguir igual de animado…

35. Ruth Prieto: ¿Qué diría Miguel Álvarez-Fernández de Miguel Álvarez-Fernández?

Miguel Álvarez-Fernández: En realidad, también paseo, leo muchos tebeos, cocino (aunque nada bien), me enamoro (con excesiva facilidad) y aún hago algunas cosas más… Cada (auto)biografía —incluida la que forman estas líneas— es un mero relato, entre otros muchos posibles, y todo lo que incluye o resalta —así como lo que evita o censura— simplemente representa un punto de encuentro —o de choque— entre los prejuicios del biógrafo y los de la sociedad en la que desempeña su labor. Un compromiso. 

                                      Miguel Álvarez-Fernández, Galapagar, Madrid, Abril del 2013
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