Imponente ‘Wozzeck’ de la OCNE para inaugurar la temporada
08/10/2025
La Orquesta y Coro Nacionales de España inauguraron su temporada con una imponente versión en concierto de Wozzeck, de Alban Berg, bajo la dirección de David Afkham. Una obra maestra del expresionismo musical que abrió el curso con fuerza, intensidad y una lectura profundamente humana del drama de Büchner. Una crítica de Ismael G. Cabral
Madrid. 3-10-2025. Auditorio Nacional de Música de Madrid. Alban Berg: Wozzeck (Ópera en versión concierto dramatizada). Martin Winkler, Lise Lindström, Rodrigo Carull, Tansel Akzeybek, Jürgen Sacher, Stephen Milling, Solgerd Isalv, Enrique Sánchez Ramos, Diego Blázquez, Xavier Pascual y Jairo Somolinos. Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). Director: David Afkham. Concepto escénico: Susana Gómez.
Cuando la temporada de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE) se ocupa ya de sus próximas citas en el calendario, todavía resuenan en el Auditorio Nacional de Música los ecos de una inauguración de la temporada, sin riesgo a incurrir en esta ocasión en términos pomposos, memorable. Se ponía en los atriles la ópera de Alban Berg (1885-1935)
Wozzeck con diversos y válidos argumentarios. De un lado, el más obvio quizá, la celebración de su centenario (se cumplirá un siglo de su estreno en Berlín el próximo 14 de diciembre), de otro, este título hila a la perfección con la idea
El mundo de ayer, eje temático del presente curso de la OCNE.
Otro eco, este solo algo más sutil, acerca la ópera de Berg al presente. El mismo titular de la Orquesta, David Afkham, en un vídeo introductorio decía entender
Wozzeck como “una reflexión sobre la opresión, la alienación y la injusticia social de un tiempo que, sin saberlo, se asomaba a su propio precipicio”. Las connotaciones actuales, tristemente, dejan poco lugar a la imaginación. Esta ópera llena de dolor y amargura sobre la novela de Georg Büchner tiene una larguísima trayectoria en lo que a producciones y referencias sonoras se refiere. Y, en muchas de ellas, prima su carácter más brutalista. Aún hoy se pueden leer asertos como que no es esta una ópera hermosa. ¿No lo es? A juzgar, por ejemplo, por la versión histórica que dirigió Bruno Maderna para una aproximación cinematográfica en 1970 no, no lo es. Incluso cuando pasó por ella, en reiteradas ocasiones, el bisturí de Pierre Boulez dejó claro que la morbidez y la oscura violencia de la partitura apenas daba pábulo a la belleza.
¿Entonces qué ha hecho David Afkham en estas dos funciones? Porque, digámoslo ya, desde los primeros compases, la OCNE entregó un sonido camerístico (¿camerístico? sí); acostumbrados a esas primeras palabras que dice el capitán al soldado,
Langsam, Wozzeck, langsam!, tantas veces ya arropadas por una orquesta a punto de ebullición, el director alemán, siguió a pies juntillas las indicaciones y penetró poco a poco en la partitura. Si se llegaba a la representación con el oído engrasado por otros
Wozzeck este, al comienzo, resultó retador por desconocido. Afkham trazó un perfecto dramático, en efecto, la ópera iba a ir a más, el acelerador se iba a forzar y pronto llegaría un expresionismo sinfónico furibundo que, sin embargo, abría ventanas a un cuidado pormenorizado de la ingente orquesta. Se buscó, en tantos otros momentos (todo el acto tercero fue prueba de ello) un sentido de la amargura muy acusado, pero no estando esta necesariamente ligada con la fealdad, con la deformidad. La Orquesta y Coro Nacionales de España conectó con la visión de su titular y entregó una participación perdurable en la memoria.
El concepto escénico de Susana Gómez resultó del todo correcto. No es este un título que precise de grandes dispositivos escénicos para poder contarse. El relato es lineal, se explica a la perfección y va del dolor al arrebato. Con solo un sillón de barbería como elemento escenográfico, un vestuario eficiente pero nada llamativo y, esto sí, un trabajo en la iluminación muy potente, la ópera funcionó sin añorar nada. Antes al contrario, la experiencia otorgó un valor visual inusitado a la propia orquesta, pudiendo disfrutarse de cómo esta edificaba la partitura; algo completamente fuera de lo común.
Por una tarima adicional frente al escenario desfiló el elenco, encabezado por el protagonista Martin Winkler, el barítono transitó diferentes estadios que van del miedo a lo reflexivo, de la desesperanza a la ira y, con estos afectos internos, hizo crecer la intensidad vocal. El austríaco mostró una proyección rotunda que empastó con una capacidad actoral, principalmente gesticulatoria, de primer nivel. Importantísima también la Marie de Lise Lindström, una soprano dramática con voz centrada y sofisticado uso de los reguladores (quede en la memoria, por mucho, su escena al inicio del tercer acto,
Wir arme Leut). Con gran aplomo cantó el Tambor mayor, Rodrigo Garull, al igual que Jürgen Sacher, el capitán, personaje incómodo donde los haya. Stephen Milling, como el doctor, remachó lo inmoral de sus andanzas con una tesitura de bajo cavernoso, verdaderamente amenazante. Tansel Akzeybek fue un buen Andrés, y Solgerd Isalv pasó algo más desapercibida como Margret.
Las fotos son de Rafa Martín, cortesía de la OCNE
© Ismael G. Cabral