
Crudo y compacto

CHAYA CZERNOWIN
Seltene Erde & Atara.
Uli Fussenegger. Klangforum Wien. Johannes Kalitzke. Sofia Jernberg. Holger Falk. ORF Radio-Symphonieorchester Wien. Christian Karlsen.
KAIROS
Atara (2020-21) es una obra puerta. Esto es, una punto idóneo para un primer contacto con la música de Chaya Czernowin (1957); desde luego también, una partitura importantísima en su catálogo, una de sus creaciones mayores. Que se dispusiera de una grabación era solo cuestión de tiempo. Estrenada en 2021 en el Festival Wien Modern, aparece con el subtítulo indicativo de
Un lamento para orquesta y dos voces amplificadas. Hija del COVID -algún día se tendrá que estudiar cuántas obras importantes surgieron a partir del doble estímulo del aislamiento y el dolor de aquel tiempo-
Atara nace como “una reflexión sobre la falacia de que la humanidad haya dominado al mundo natural” como aquella situación de confinamiento puso más que de relieve. Para ello Czernowin vuelve a los poemas de Zohar Eitan (con anterioridad, y sobre ellos, había trabajado en las piezas del ciclo
Shu Hai), sus palabras concisas e iluminadas otorgan una expresión concreta, un significado entendible, la autora precisaba aquí, quizás más que en ninguna otra obra suya precedente, concretizar los sentimientos que animaron el sentido profundo de la composición. La orquesta, una bien engrasada y nunca lo suficientemente reivindicada ORF Radio-Symphonieorchester Wien, funciona como masa orquestal, como muro de sonido sobre el que se dirigen fuerzas que estiran y deforman esa sonoridad marmórea que caracterizará la pieza. Frente a tantas otras creaciones de la autora, la música de
Atara no se desgarra en jirones, permanece durante los casi 40 minutos por los que se extiende como un material crudo y compacto. Es la fuerza desconocida que anima la naturaleza y que impone su propia lógica frente a los desmanes humanos. La música, lenta y amasada, no avasalla las voces de la soprano Sofia Jernberg y del barítono Holger Falk; cuyo canto lamentoso denota fragilidad y cierta desorientación ante la máquina sinfónica que no los arrolla, pero que no lo hace por poco. El sentido de teatralidad es fabuloso, también lo es la diseminación de tensiones que hace Czernowin; la obra tiene cosas que decir durante toda su extensión, no se agota, antes al contrario adquiere hechuras casi operísticas en su implacable dramatismo. También lo posee, desde otra lógica,
Seltene Erde: alchimia communicationis (2022) para ensemble y contrabajo. El título alude a los apreciados minerales que se extraen (con el perjuicio biológico y humano que tantas veces conlleva) para la construcción de terminales móviles. Es esa dicotomía entre tecnología y degradación (social y ambiental) la que sirve de humus a la pieza; un antagonismo expresado por el ensemble (Klangforum Wien) que es segmentado en pequeños grupos que han de convergir con el contrabajo de Uli Fussenegger. Este además aparece como solista y espejo pues el solista se carea, en la ejecución, con grabaciones del mismo instrumento difundidas mediante altavoces. Es una página de fuerzas esparcidas y, en amplio sentido, confrontada con la anterior; frente a lo sólido lo despedazado; también el trabajo textual es premeditadamente antagónico; se prima aquí la suciedad de los instrumentos mediante técnicas extendidas y sonoridades que abundan en lo terroso, acaso como trasunto de la esquilmación del suelo en busca de ese oro del siglo XXI que se agazapa en las
seltene erde, esas tierras raras que hoy conocemos como moneda de cambio en guerras presentes que jamás debieron activarse.
Mirada introspectiva

SIRA HERNÁNDEZ
Hymns to the hope.
Sira Hernández, piano.
NEOS
Hay una mirada de mayor introspección en el ciclo
Hymns to the hope, de Sira Hernández (1959) que en mucha de su música anterior. Frente a las inspiraciones literarias de anteriores trabajos, esta creación que presenta el sello NEOS en su catálogo abriendo una ventana a otras posibilidades expresivas / estéticas transita un deambular por el piano mirado este desde la herencia. Estas son, la impresionista en los momentos nostálgicos, la romántica en los más turbulentos, también con un aroma neoclásico en las piezas puente que arriman a la pianista y compositora barcelonesa hacia una conexión con lo que una vez se llamaron
nuevas músicas, etiqueta que hoy más o menos podemos seguir asumiendo ante propuestas vigentes como las de Max Richter y Wim Mertens, por citar a dos de sus más conspicuos cultivadores. En todo caso Hernández ha ganado la partida a la mayor amenaza de una proposición como la suya, la de naufragar en un virtuosismo de nuevo cuño, en una regresividad ampulosa de la que aquí no hay señales. Se puede afirmar que estos
Himnos (alusión nominal sí diremos un tanto henchida) son música sincera aunque también se argüirá que esto, por sí mismo, es no decir nada. La compositora, que aborda ella misma su música, no ha edificado grandes construcciones; la estructura es casi de agenda personal, con dos
Tributos a Chopin que, en nada, quieren ser imitativos; o con piezas como
Maha Shivaratri donde intercala técnicas y lenguajes; aquí células repetitivas detenidas por espacios hímnicos que evocan el minimalismo sacro. Es una música, insistimos entonces, franca en cuanto a que las influencias están ahí, presentes de manera rotunda y también por sus propias intenciones; Sira Hernández quiere transmitir una idea de goce sencillo con tantas de estas páginas. En
Easter Bells y, sobre todo, en
Loneliness in the Cathedral, el manto de los
Preludios de Debussy hace de barniz, de contorno que amortigua una expresividad actual. Desde luego que no es esta una música ni para todos los públicos (de lo contemporáneo) ni para las ágoras donde la música de hoy se presenta;
Hymns to the hope se gusta en los matices armónicos y en las armonías tonales y modales sobre las que confía su razón de ser. Es entonces una curiosa nueva antigua música que se explica al albur de esas otras derivadas poco exploradas (y, a menudo, cruentamente denostadas) de la música de nuestro tiempo. Antes hemos esbozado por dónde va su camino. Lo importante, a la postre, es que lo hay; existe un sendero por el que una propuesta como la de Sira Hernández puede encontrar a su público.
Delirio organizado
TAMARA STEFANOVICH
Organised Delirium. Obras de Boulez, Eisler, Bartók, Shostakovich & Scarlatti.
Tamara Stefanovich, piano.
PENTATONE
Hay música, una enorme música, entendida esta desde su definición más canónica bajo las olas de notas y complejidades de la
Sonata nº 2 de Pierre Boulez. En el libreto de su nuevo disco-recital,
Organised Delirium, cuyo título invoca a Antonin Artaud, la pianista Tamara Stefanovich (1973) recuerda al compositor francés cuando este trabajó con ella los pasajes más intrincados de la partitura que ahora ha grabado y que, por duración y alcance, es la más importante de las obras aquí contenidas. Según rememora, Boulez buscaba alargar la línea, por eso desde los primeros compases advertimos que esta no es una interpretación heredada de (casi) nadie. Si Maurizio Pollini la abordó con brillante pulcritud y un sentido de la asepsia premeditado, queriendo que la música hablara sin intermediarios, más recientemente Michael Wendeberg la grabó desde una asunción de lo rizomático de esta creación, afilando sus muchos aguijones y reinterpretándola desde un hiper modernismo inesperado. Stefanovich se acerca a ella queriendo hacer de la flexibilidad su santo y seña. Las frases respiran y la exactitud metronómica no es lo que prima; la musicalidad estaba ya, no hacía falta prospección alguna, solo acá se agudiza con mayor fruición la agógica y, por extensión, los colores de una obra que los posee en oleadas (el padre enseñante, Messiaen, se hace más perceptible que nunca en esta ejecución). No se pierda de vista tampoco que Beethoven fue un referente para Boulez, concretamente su
Sonata Op. 106 Hammerklavier cuyo tema fugado es sugerido en el inicio de la
Segunda Sonata. La interpretación navega mejor que ninguna otra que conozcamos a favor del compositor francés, las hostilidades seriales no son tales; es esta una música que demuestra con contumacia estar resquebrajando la prueba del algodón del feroz tiempo. En la
Sonata nº 1 Hanns Eisler invocó a su maestro Schoenberg; lo hizo con un lenguaje conciso, un punto cubista en sus articulaciones quebradas y, desde luego, más desinhibido rítmicamente que el de papá Arnold. Acaso como imbuida por el tono de Boulez, Stefanovich controla demasiado la partitura, la expone sin afanarse en lo que piden las notas, un despendolarse en cascada. Con gran claridad es entendida la
Sonata BB 88, Sz. 80 de Béla Bartók; también con brillantez pirotécnica, quizá sea la música que mejor ejerce de contraste con el tomo bouleziano; no trata con ella la solista de reinventar nada, quizás sabedora de la gran competencia discográfica, sí desde luego fija una versión notable y de gran vistosidad, agigantada por los buenos ingenieros de Pentatone. Parecido prisma pone sobre la temprana
Sonata nº 1, Op. 12 de Dmistri Shostakovich, pianismo hercúleo que la teclista serbia trabaja con fidelidad a la letra; afanada en transmitir ese carácter motor de la obra, cuya virulencia interna no cesa y en la que los reconocibles elementos temáticos espejean con la atonalidad. Concluye el programa un aditamento balsámico en forma de Scarlatti, su
Sonata K.87, buscando en las raíces de la forma, yendo en peregrinaje a donde empezó todo esto.