El Liceo de Cámara XXI del CNDM vivió una de esas veladas memorables en las que el virtuosismo se funde con la profundidad. Isabelle Faust, Jean-Guihen Queyras, Jörg Widmann y Pierre-Laurent Aimard ofrecieron en el Auditorio de Música de Madrid un recorrido tan exigente como luminoso por las músicas de Berg, Ravel, Carter y Messiaen. Cuatro compositores y cuatro lenguajes en diálogo que, bajo la maestría de estos intérpretes, se convirtieron en una experiencia de escucha intensa, rigurosa y trascendente.

Las Cuatro piezas para clarinete y piano op. 5 de Alban Berg es una de esas obras que pueden pasar desapercibidas con facilidad. Ya por su brevedad, ya por su carácter de ejercicio (soberbio, pero ejercicio) de aplicación del lenguaje atonal sugerido por su profesor, Arnold Schoenberg, es una partitura que, con cierta destreza, puede exponerse y olvidarse tan pronto como van sucediéndose sus notas. No ocurrió así, y esto ya dio la medida de lo que iba a ser el concierto, en la interpretación que ofrecieron Pierre-Laurent Aimard y Jörg Widmann en el ciclo Liceo de Cámara XXI que programa en Madrid el Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM). Cada uno de sus episodios tuvo su por qué; se puede hablar de la expansividad que ambos solistas le dieron a cada una de las cuatro piezas. Pero esto puede llevar a pensar en una ejecución más bien expresionista, taimada en el potencial de esta música hosca y severa. Al contrario, fue sí, una lectura en el que uno y otro músico indujeron al oyente al gozoso gusto por la disonancia y por el dramatismo con el que esta, tan a menudo, es expuesta. Si Berg da la mano en esta partitura a fugaces células, silencios repentinos y dinámicas extremadas, Aimard y Widmann se abismaron a todo ello con delectación.
El Cuarteto para el fin del tiempo de Messiaen es una música ya clásica a la que se puede llegar desde variados presupuestos estéticos y que, a menudo, se da como una obra entendida, asimilada. Esto es así también, y no sé en qué medida, por la propia historia de la circunstancia de su composición y estreno (en la II Guerra Mundial, durante la estancia como prisionero del compositor en el campo alemán de Görlitz) pero hay en el Cuarteto algunas piezas que tienen un cariz radicalmente modernista, si no experimental. Quedó demostrado así durante la sección final, Louange à l’immortalité de Jésus, donde Aimard impuso un ritmo repetitivo desde el piano, una escueta figuración, un vaivén oscilante pero que dirige la emoción hacia algo superior. Sobre esto, Faust tañó una cantinela delicada extinguida con una delicadeza solo al alcance de los muy grandes y postergada por un largo silencio, muy largo, compartido por todo el público que llenó la Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música. Hemos contado el final pero antes hubo muchas cosas. Especialmente llamativa fue la interpretación que hizo Widmann del solo para clarinete Abîme des oiseaux. El alemán fue escrupuloso con el sentido de la pieza pero, a nivel interpretativo, sorprendió la sencillez y concentración con la que la expuso; generó líneas muy largas con la respiración y se mostró concentrado, sin ninguna tentación virtuosa. Cada uno de los músicos y, todos ellos como conjunto en esta ocasión, dieron a entender que el Cuarteto de Messiaen no es tanto un gran mural como una colección de grabados únicos (con espacio inclusive para la robustez, para lo atlético, Danse de la fureur, pour les sept trompettes); por eso cada uno debe tener su aproximación, estudiada y sin una necesaria sensación de engarce. Fue, desde cualquier punto de vista, una experiencia que trascendió lo puramente auditivo.
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