ISSN 2605-2318

Atelier de músicas

Ismael G. Cabral (Colaborador) 

«Érase una vez un Mandarín que se convirtió en Barbazul» por Ismael G.Cabral


08/11/2025

El Teatro Real de Madrid ha estrenado una singular propuesta escénica firmada por Christof Loy que enlaza El mandarín maravilloso y El castillo de Barbazul, con un epílogo tomado de la Música para cuerdas, percusión y celesta de Béla Bartók. Bajo la dirección musical de Gustavo Gimeno, esta nueva producción -oscura, minimalista y de profunda carga simbólica-convierte dos obras independientes en una meditación escénica sobre el amor, la violencia y la imposibilidad de poseer al otro.




Madrid. Teatro Real. 04-11-2025. Bela Bartók, El mandarín maravilloso & El castillo de Barbazul. El mandarín: Gorka Culebras. La chica: Carla Pérez Mora. Primer vagabundo: Nicky van Cleef. Segundo vagabundo: David Vento. Tercer vagabundo: Joni Österlund. Un libertino: Mário Branco. El poeta: Nicolas Franciscus. El duque Barbazul: Christoph Fischesser. Judith: Evelyn Herlitzius. El prólogo: Nicolas Franciscus. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Gustavo Gimeno. Dirección de escena y coreografía: Christof Loy. Escenografía: Márton Ágh. Vestuario: Barbara Drosihn. Iluminación: Thomas Kleinstück. Producción del Teatro Real en coproducción con el Theater Basel.



Sería saludar demasiado efusivamente la idea del director de escena Christof Loy afirmar que, con su propuesta de hilar El mandarín maravilloso con El castillo de Barbazul y, a mayores, con el primer movimiento de la Música para cuerdas, percusión y celesta (que emplea como epílogo inesperado en el ballet pantomima) el regista alemán ha creado una nueva composición, una super obra bartokiana en la que el salvajismo del Mandarín contrasta abrupta e, inesperadamente, anexionándose como un guante a la piel con Barbazul.

Desde el punto de vista musical la concepción funciona a todos los niveles, desde luego argumentalmente, pero también en la escucha, dando por buena incluso la ocurrencia del antojadizo añadido al ballet. Hace más cosas, claro. El prólogo del poeta en El castillo -tantas veces escatimado- le sirve al Mandarín, como una forma de remachar que ambas obras están unidas. “Se alza el telón de nuestros párpados: / ¿Dónde está el escenario, dentro o fuera, / damas y caballeros?” Durante el ballet se nos ofrece danza contemporánea y unos bailarines se retuercen y saltan por un escenario lúgubre, se diría que de un minimalismo sucio (una cabina de teléfono desmañada, ropa amontonada y un atisbo de bosque, unos finísimos troncos que algo nos hablan también de la oscuridad, de lugares inhóspitos). Suficiente para servir a una música que emana del foso y que, en estas funciones, Gustavo Gimeno -nuevo director musical del Teatro Real- traduce con fineza de bisturí (muy en la tradición bouleziana), atendiendo a lo textural y tímbrico antes que a la violencia; remarcando los contornos atonales de una partitura de rítmica irregular que pese a la amortiguación acústica de un entorno físico como el coliseo de la Plaza de Oriente llega con inmanencia, sin filtros, casi como si fuera nueva. Decíamos, con el epílogo del primer movimiento de la Música para cuerdas, percusión y celesta, Loy resucita al asesinado Mandarín para seguir bailando ya por fin calmadamente con la protagonista; lo hace porque tiene que transustanciarse en Barbazul, fiel a la idea del director de escena de que este díptico (en realidad, tríptico) no conjunta “dos títulos yuxtapuestos, ambos conforman una meditación escénica sobre el amor, la vergüenza y la imposibilidad de poseer al otro.”

En El castillo se abole toda tentación de literalidad: no hay fortaleza, y por tanto tampoco ventanas que abrir. No hay atrezo alguno que remita a una época concreta, solo unos pocos despojos heredados del capítulo anterior: dos sillitas plegables de playa y, sí, una casa de madera. No exactamente -más bien unos paneles que evocan una cabaña grande y fría-, que, casi imperceptiblemente, irá elevándose hasta dejar ver de nuevo los troncos que ya conocíamos. También se juega con una iluminación mortecina; nada llama la atención y, sin embargo, es más que suficiente como para que la música de Bartók, ahora introspectiva, en forma de arco, tonal y armónicamente sustentada en escalas musicales antiguas se imponga. Gimeno volvió a mostrarse como un excelente traductor de unos pentagramas que lleva con delectación, como frenándolos, hurgando en la capacidad de estos de representar una idea de tiempo suspendido.  La agresión de Barbazul a Judit es estrictamente psicológica (antes, en El mandarín, lo fue física); Loy, aliado con Bartók, ofrece la versión más pesimista y lúgubre posible del amor; un espacio de encuentro en el que apenas se esboza la ternura y todo es lucha y sufrimiento.

Christof Fischesser fue un Barbazul bajo profundo, de convincente presencia escénica y rotundidad en el canto; sin que ello implicara el envaramiento habitual en muchos cantantes de su cuerda. Acusó algo de vibrato excesivo en las frases en las que quiso expresar una mayor malevolencia, pero en líneas generales tuvo una prestancia excelente, tanto vocal como actoralmente (bien es cierto que Loy no impuso a los cantantes ninguna controversia dramática). Por su parte, Evelyn Herlitzius transmitió humanidad y vulnerabilidad sin afectación excesiva; su voz de soprano dramática se mantiene en óptimas condiciones y un rol como el de Judit fue resuelto convincentemente

Las fotos son de Javier del Real, cortesía del Teatro Real
© Ismael G. Cabral
 
 

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