ISSN 2605-2318

Atelier de músicas

Ismael G. Cabral (Colaborador) 

Kali Malone en CentroCentro; la música en huida


30/01/2026

Una crítica de Ismael G. Cabral para El Compositor Habla




Madrid. CentroCentro. 24-01-2026. Kali Malone, electrónica.

Se puede afirmar que, en el escenario, la compositora y artista sonora Kali Malone persigue hacer creer que sube al mismo con una mezcla de introversión y estado hipnótico sobrevenido. Elusiva en lo personal y en lo profesional, la estadounidense (Denver, Colorado, 1994) se arropa con una habilidosa impostura tomada del pop. Todo en su presentación está medido. Fue así en su anterior comparecencia en Madrid en 2023, en La Casa Encendida, donde la tecnología malogró su intervención que quedó abortada in media res. Y de la misma guisa apareció de nuevo en la capital, ahora en el contexto de uno de los ciclos musicales de CentroCentro.

El catálogo de Malone no es en absoluto desdeñable. Quedan en su fonografía notables referencias de la música presente como The Sacrificial Code (2019) donde repiensa la música minimalista para órgano desde un postulado casi new age. O la que, hasta la fecha, es su obra más importante: Living Torch (2022), un encargo del Groupe de Recherches Musicales (GRM) para el Acousmonium de Radio France en el que barnizó su música de una influencia asumida y reconocible de la maestra Éliane Radigue. En otro tono menos académico también habrá de ponerse en valor la escucha de Does Spring Hide Its Joy (2023), en colaboración con el guitarrista Stephen O’Malley y la violonchelista Lucy Railton.

Sin embargo, como tantos otros artistas electrónicos (y de, entre ellos, los afines a la presentación en concierto con disposición tradicional de los elementos: esto es, músico frente a público) hay en Malone una cierta vagancia a la hora de responder a la liturgia del directo. Se diría que su pose indolente adquiere una rápida traslación a lo que hace sonar. En su nueva cita madrileña -contextualizada en el ciclo LIMO de CentroCentro, cuyo contenido programativo rebasa mayoritariamente los intereses de esta revista, como también lo hace su cándido armazón conceptual- Kali Malone abordó una sesión de drone (o, si se prefiere, de música pedal) con excursiones muy cuidadas hacia el noise y en la que, habida cuenta del satisfactorio resultado sonoro (que no tanto artístico) se habrá de poner en valor al técnico de sonido que acompañó y acompasó que, esta vez sí, la cacharrería no jugara una mala pasada a la protagonista.

Hubo secuencias que tantearon un mecido ciertamente jugoso para la audición; bucles que acariciaban una idea de trance rápidamente abortada. Entonces, lo que devino fue una previsible excursión a la cima; en la que se exploró el máximo volumen para entregar así una experiencia más física que artística, más deportiva que intelectual; el suelo del auditorio vibraba bajo los pies y, con ello, también se propiciaba un disfrutón asalto coclear (trasunto todo ello de una discoteca technoide, en donde la música quisiera más irse hacia fuera, escapar de las paredes, huir a lo superficial, que no quedarse resonando en la emocionalidad de los auditores). Hacia el final, varias acometidas arracimadas de los subgraves ofrecieron una pátina más rumorosa y llamativa. La respuesta que recibió fue entusiasta. Como una desacralización de la vanguardia Malone, mirando en ocasiones a la nada y con una imagen de fondo haciendo de su sereno rostro un caleidoscopio, había logrado su objetivo más sociológico que cultural; hacer pensar que allí había ocurrido algo.

La foto es de Ismael G.Cabral 
 
© Ismael G. Cabral, enero 2026
 
 

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