ISSN 2605-2318

Atelier de músicas

Ismael G. Cabral (Colaborador) 

MusicaAeterna & Currentzis: llevar a Wagner al siglo XXI


10/02/2026

Bajo una dirección de contrastes extremos y marcada teatralidad, Currentzis imprimió una lectura espectacular y contemporánea que buscó —con brillo y vértigo— proyectar a Wagner en el siglo XXI. Una crítica de Ismael G. Cabral para El Compositor Habla




Sevilla. 7-II-2026. Teatro de la Maestranza. MusicaAeterna. Teodor Currentzis, director. Der Ring ohne Worte, de Richard Wagner / Lorin Maazel.

Hace años (nos situamos en 1994) Sir Roger Norrington aceptó el reto Wagner y grabó un fantástico y controvertido disco con los London Classical Players dedicado a oberturas wagnerianas. El resultado de aplicar criterios de interpretación histórica en conjugación con la sonoridad diáfana de la formación con la que lo hizo fue formidable, renovador. En el presente, el maestro Kent Nagano junto a otra señera formación con instrumentos de época, Concerto Köln, está interpretando el Anillo del Nibelungo con un éxito que confirma la necesidad de aplicar una pátina de modernidad, de timbres nuevos, al repertorio clásico. Ahondando en este repensar el pasado, y desde un punto de vista radicalmente distante, también Pierre Boulez se acercó a Wagner con una visión profundamente analítica, en consonancia con su pensamiento estructural, con su propia trayectoria compositiva. Sus resultados, en comparación con el peso de la tradición, continúan pareciéndonos hoy transformadores.

Concluía el pasado sábado en el Teatro de la Maestranza de Sevilla su gira por España la Orquesta MusicaAeterna que dirige Teodor Currentzis (tras su paso por Barcelona, Zaragoza y Madrid), y antes de emprender camino a Italia, con una sola obra en el atril: El anillo sin palabras que la discográfica Telarc encargó al compositor y director de orquesta Lorin Maazel a partir de la Tetralogía de Richard Wagner. Un empeño de sintetizar en el marco de unos escasos 80 minutos todo el sinfonismo de los Nibelungos; sus temas y pasajes más característicos.

Como manera de enganchar al auditorio la empresa resultó y resulta plenamente exitosa. Antes que añorar las voces, este resumen acaba siendo un atribulado (por la acumulación de motivos) y fastuoso poema sinfónico que solo puede dejar con ganas de más; quizás en muchos auditores opere invitando a dar el salto a las óperas. En todo caso, Lorin Maazel aceptó la petición con la indicación de que la osadía de la aventura no alcanzaría la ingenuidad de intervenir con voz propia sobre la música de Wagner. Esto es, no hay ningún añadido del director francoestadounidense; más allá de algunas hilazones que, no obstante, dejan por el camino la impresión de ciertas brusquedades; todo el Anillo sin palabras es una montaña rusa de subidas y bajadas.

El exordio inicial -lo retomamos ahora- viene a consecuencia del trabajo hecho por Teodor Currentzis en el concierto al que nos referimos. Si la partitura de Maazel data de 1987 y, por convicción propia, aspira a ser una obra al margen de Wagner pero que, paradójicamente, es puro Wagner; el director greco ruso crea una idiosincrasia propia con su lectura. Lo hizo acuciando aún más los contrastes, de pasajes en subito piano a crescendos milimétricamente planificados que concluían en gozosas exhibiciones decibélicas. La (masiva) orquesta MusicaAeterna le respondió con fe inquebrantable; participó de la teatralidad de la puesta en escena (la del mismo Currentzis al frente del conjunto) pero también en instantes como los martillazos que precedieron al final del Oro del Rin, mazazo incluido. La enorme energía con la que atacó el celebre pasaje de la Cabalgata de las Walkirias gozó de una épica cinematográfica, con una musculatura excesiva pero fastuosa, muy por encima de lo que habitúa a sonar en las representaciones operísticas. La cuerda voluptuosa de la orquesta provocó alguna desproporción en función de los metales, fantásticos, pero (el mundo al revés) algo agazapados tras la legión de maderas. Toda esta espectacularidad (afán logrado de llevar a Wagner al siglo XXI) no obstó pasajes de delicada polifonía y solos de gigantesca carnosidad como el del muy aplaudido violonchelista Alexey Zhilin.

Las fotos son de Guillermo Mendo cortesía del Teatro de la Maestranza


 
© Ismael G. Cabral, febrero 2026

 

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