En el mundo de la cultura española, Juan Manuel Bonet (París, 1953) lo ha sido todo. Y lo sigue siendo, aunque ya no dirija museos y esté centrado en poner negro sobre blanco en su archivo. Dirigió el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), el Museo Reina Sofía, el Instituto Cervantes de París y el Cervantes, la casa matriz. Los domingos, a primera hora de la mañana, con las claras, él y Andrés Trapiello son fieles a su visita a El Rastro. Cuatro ojos ven más que dos. Aún espera con emoción ese momento en que se tope de amanecida con un ejemplar del disco en el que Lorca toca el piano y La Argentinita canta. Lo conseguirá. Este crítico de arte y escritor, poeta notable, bibliófilo, fue capaz de subir a un trapecio a Lluis Pasqual en una exposición de Ramón Gómez de la Serna. Colecciona partituras, por su belleza, porque tienen escritos poemas de fuste en sus páginas…, y quizá algún día las exponga. Quizá algún día también pueda montar esa exposición sobre el paisaje de la posguerra española que le quedó pendiente. En su vida nunca ha faltado la música, ha vivido y vive rodeado de ella. Música y artes, un binomio de altura y para él casi indisoluble y cuya conexión defiende con absoluta pasión. Y con Erik Satie como brújula siempre.
1. Gema Pajares: Con Juan Manuel Bonet se puede hablar culturalmente de todo, pero vamos a hacerlo de música y de música contemporánea. ¿Cuál es el primer recuerdo que tiene?
Juan Manuel Bonet: Podemos hablar de música y de músicas, y ahí están la culta, la clásica moderna, el pop, el jazz… El repertorio es grande. En mi casa siempre había música, mi padre escuchaba bastante, primero en LP y después en CD. Y mis recuerdos más antiguos tienen que ver con la contemporánea, la música pop y la canción protesta de aquellos años en España, y me refiero a la Sevilla del año 67 al 72, que es donde vivíamos entonces. Ahí empecé a escribir en
El Correo de Andalucía, que dirigía el padre Javierre, un tipo absolutamente genial. Le encargó a mi padre un
“Correo de las artes” y él fichó a dos colaboradores, Quico Rivas y yo, que entonces pintábamos. Mi padre publicó en aquellas páginas un artículo, que es mi primer recuerdo musical que tiene que ver con la música moderna, sobre el pianista Claude Helffer, francés, especializado en música contemporánea, que tocó piezas de Pierre Boulez y que puso patas arriba la sala, se armó un buen lío, como si hubieran escuchado
La consagración de la primavera de Stravinski, fue una bomba. Escribió entonces un artículo furibundo que tituló algo así como
Desprecian cuanto ignoran, diciendo que el público de Sevilla era imposible. Él ya había dimitido de la dirección del Museo de Bellas Artes y atravesaba un momento bastante crítico con la ciudad.
«Se publicó en las páginas de arte y me hizo reflexionar sobre la idea de que siempre tiene que haber puentes entre las artes plásticas y la música»
2. G.P.: Y los ha habido...
Juan Manuel Bonet: Los ha habido. A lo largo de todo el siglo XX y en el XIX, también, la cantidad de obras musicales, por ejemplo, que han tenido decorados de artistas, caso de Los Ballets Rusos, Stravinski, con
La consagración de la primavera, que todavía era simbolista…,
Parade, de Satie, ya es un decorado de Picasso, formidable, tanto la obra como el libreto de Cocteau. A mi padre le gustaba mucho y yo la escuchaba en el tocadiscos de casa. También jazz y free jazz, el Modern Jazz Quartet, que me resultaba muy llamativo en aquel momento. En alguna de las Navidades que siempre pasábamos en París recuerdo haber oído a Terry Riley y me quedé muy impactado. Y también se escuchaba en aquel tocadiscos canción protesta y en concreto Raimon, que me sigue gustando mucho y me produce cierta emoción volver a alguna de sus canciones históricas, y Paco Ibáñez, a quien escuché en aquella época en Sevilla.
3. G.P.: Su relación con la música le viene casi desde la cuna.
Juan Manuel Bonet: Siempre he estado rodeado de música. Uno de mis hermanos, Pedro, tiene un grupo de música, La Folía, que ha continuado el trabajo de mi padre en torno al Barroco, con una visión musical muy histórica. En mi caso, estuve muy vinculado al mundo de la Movida, el pop madrileño. Yo era novio de una cantante de pop, la vocalista de Las Chinas, el primer grupo femenino en la escena madrileña. Iba de seguidor. Era muy heavy, y frecuenté mucho a Ejecutivos Agresivos, Radio Futura, firmé algún artículo con Santiago Auserón. Fui a escuchar a Madness, he escrito sobre algún pintor emanado de todo aquello, como Víctor Aparicio, de Los Coyotes, que pinta y no lo hace mal. También pintaba Luis Auserón, el hermano de Santiago. En la revista
Arteguía escribíamos Quico Rivas, Trapiello y yo de esa mezcla de música pop y modernidad madrileña.
4. G.P.: En los años setenta usted participa en los Encuentros de Pamplona, un festival de arte de vanguardia, con música concreta, electroacústica, performance…. De nuevo, la relación arte y música vuelve a hacerse presente.
Juan Manuel Bonet: Así es. Alexanco, el pintor, me conoce en Sevilla gracias a una entrevista que le hago, y tiempo después me llama para trabajar en unos encuentros en Pamplona que iban a celebrarse con Luis de Pablo. Era el año 1972. Me acuerdo de tomar mucha manzanilla con John Cage en un concierto de flamenco, del propio concierto de Cage, de los dos ayudantes de Luis de Pablo, Eduardo Polonio y Horacio Vanggione. Steve Reich dio un concierto maravilloso en un pabellón deportivo con la bailarina Laura Dean actuando. Y allí también estaba Zaj, con Juan Hidalgo, Marchetti y Esther Ferrer. Y todos ellos reunidos en Pamplona en 1972. Fue una bomba. Y, ojo, que también las hubo. Fue un momento maravilloso del diálogo arte-música.
5. G.P.: Y llegamos a la música de Satie.
Juan Manuel Bonet: Me empezó poco a poco a fascinar su figura; se convirtió en una obsesión para mí conocer todo lo que pudiera de él y así he ido acumulando todo el material satiesco que he podido: partituras de época, primeras ediciones, programas de mano, libros, catálogos Y fue de alguna manera la puerta hacia toda su época. Es decir, no llegué a Satie después de Debussy o Ravel, sino al contrario.
«Me fascinaba Satie y eso hizo que me pusiera a escuchar y mirar a los otros. A su alrededor había un grupo de músicos realmente formidable»
Y esa obsesión se la he transmitido a algunos amigos, como Pelayo Ortega, el pintor asturiano, que ha pintado varias series sobre él.
6. G.P.: ¿Y cuál es el Satie que prefiere?
Juan Manuel Bonet: Satie es el músico de
Parade, una obra de escándalo, de collage, rupturista. Es el artista que trabajó con Picasso y con Picabia. Sin embargo, el que a mí me gusta no es el más Dadá, sino el del piano, el de la
Gymnopédies, el de las mínimas variaciones. Un Satie al que le bastan cuatro notas temblorosas con mucho blanco alrededor para decir el misterio del mundo, es algo tan milagroso como pueden ser una acuarela de Paul Klee o de Morandi, capaces de con tres trazos decir su mirada del mundo. Está constantemente alrededor. Cuando llegué a la dirección del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) puse en marcha “Erik Satie: del Chat Noir a Dadá”, la mayor hecha nunca sobre el músico, que encargué a Ornella Volta, a quien llamaban “La veuve Satie” (la viuda Satie) por todo lo que conocía sobre el compositor. Me tenía un poco como delegado en España y le envía cuanto información satiesca reunía. Había obra de Rusiñol, Zuloaga, Ramón Casas, 18 picassos, Miró, Man Ray, Braque, dibujos de Satie, partituras y conciertos. Y a partir de ahí, y me parece que es importante, tomé la costumbre de instituir el concierto en el museo. Uno de ellos, por ejemplo, se lo encargamos a Joan Cerveró. Es, sin duda, la exposición de la que me siento más orgulloso. También allí montamos en 1997
Doble ostinato, de José Antonio Orts, compositor valenciano que realiza estructuras sonoras.
7. G.P.: Y esa puerta se abrió a otras exposiciones que vinieron después.
Juan Manuel Bonet: Por ejemplo, cuando montamos la exposición sobre Juan Eduardo Cirlot, programamos una obra de Morton Feldman,
Rothko Chapel. Él era el gran admirador que hubo en España de Rothko. Ahí la estrenamos. Nunca antes se había tocado en España. Es una obra sinfónica de media hora para orquesta de cámara. Y también programamos la única partitura que se conocía del propio Cirlot, a quien interesaba mucho la música y, sobre todo, Schoenberg. La partitura de
Suite atonal la tenía el poeta postista Carlos Edmundo de Ory, que fue quien nos la prestó, se expuso y se tocó en ese concierto. En otra exposición sobre Berlín hicimos la música llamada “degenerada” por el nazismo, con artistas que habían sido perseguidos. Fue siempre un complemento. Y yo tengo la teoría de que los museos deben estar abiertos a las demás artes, que la música contemporánea debe estar presente en los museos, que se pueden programar exposiciones de tipografía, de arquitectura, de diseño industrial y de música o de literatura. Yo, a donde he ido, algún rastro de música he dejado.
8. G.P.: ¿Se entendió esa manera de hermanar las artes?
Juan Manuel Bonet: Estas exposiciones fueron mal recibidas por parte de la Prensa. Las llamaban “exposiciones de papelitos de esas que le gustan a Bonet”. Y, tiempo después, Manolo Borja-Villel, que fue director también del Museo Reina Sofía, me ganó con los papelitos. Ya se lo dije a él un día, es como una broma nuestra. Era complicado porque había quienes no lo entendían. Hoy se hace muchísimo más que antes, sobre todo en museos europeos. La música contemporánea está muy cerca de las artes plásticas. Luis de Pablo, a quien antes cité, ha colaborado bastante con artistas, en concreto con Alexanco, en
Soledad interrumpida, o Cristóbal Halffter, que se inspira en Eusebio Sempere, en Rivera, en Chillida para sus suites o Tomás Marco. Son piezas inspiradas en artistas. Es algo bastante frecuente esos “homenaje a“.
9. G.P.: No solo de Satie vive Juan Manuel Bonet. ¿Qué otras pasiones musicales tiene?
Juan Manuel Bonet: Morton Feldman, compositor norteamericano, formado en el Nueva York de los años 40, que tiene como maestro a Stefan Wolpe, de quien me habló por primera vez y con insistencia Esteban Vicente en su estudio de Nueva York como el maestro reconocido tanto de Cage como de Feldman. De él monté una exposición en el IMMA de Dublín, “Vertical Thoughts: Morton Feldman and the Visual Arts”. La viuda, que me decía que parecía mentira que una exposición sobre él la hubiese hecho un español, nos prestó material. Y el MoMA nos dejó una obra en rosas de Philip Guston, gran amigo de Feldman, así como otras de Franz Kline, de Pollock, de Mondrian, Esteban Vicente, Pistoletto, Barnett Newman, Alex Katz, Francesco Clemente… Es de esos compositores que buscan masas de color en la música, que son muy armónicos. Hicimos conciertos también. Decía Feldman: “He aprendido más de mis amigos los pintores que de mis colegas los compositores”. Me encanta, por ejemplo, el Grupo de los Seis, los he escuchado mucho, sobre todo a Auric, Poulenc y Germaine Tailleferre, la única mujer del grupo, y también me apasiona L’École d’Arcueil, con Henry Sauguet y Robert Caby. Y en España me entusiasma todo ese mundo que tiene que ver con el universo post Satie o post Debussy. Me gusta muchísimo Frederic Mompou y siento no haberlo escuchado como debería de haberlo hecho. También Ricardo Viñes, un pianista leridano de quien hizo una exposición su paisano, el musicólogo Marius Bernadó) y, por último, Déodat de Séverac, nacido en el sur de Francia y que coincidió con Picasso y los demás cubistas en Ceret. De él escribí un poema antes de haber escuchado su música.
10. G.P.: La música contemporánea, la actual, ¿cree que se programa lo suficiente?
Juan Manuel Bonet: En general, sigue existiendo rechazo y eso es un problema básicamente de educación. Yo he entrado en salas que al empezar el concierto estaban llenas y que al acabar no éramos más de treinta. Se debería de enseñar más música desde los estudios primarios y secundarios. Mucha gente se da de baja de los programas contemporáneos y acuden a lo más convencional o conocido.
«Hay que potenciar, sin duda, los sitios en los que se pueda ver una exposición y disfrutar de música, lo que era en Barcelona, por ejemplo, el Club 49 en ese año, con exposiciones de Dau al Set, teatro de Joan Brossa, acciones musicales, con intervenciones muy interesantes de Mestres Quadreny, por ejemplo. Tenía muchísima vida. Hubo entonces cantidad de conciertos de música contemporánea»
11. G.P.: ¿Y se escucha lo suficiente? Empezando por usted…
Juan Manuel Bonet: Yo siempre me he movido musicalmente entre el simbolismo y la vanguardia, que es también el espacio de mi poesía y que es un lugar que me gusta en casi todas las artes. Acepto cosas mucho más radicales, pero soy sensible a la pervivencia de elementos del impresionismo musical, de Falla, Turina, Albéniz. ¿Compositores que hayan trabajado con pintores? Yo te diría que casi todos lo han hecho.
12. G.P.: Ha estado al frente del IVAM, del Museo Reina Sofía, del Instituto Cervantes. ¿Volvería a ocupar una dirección de una institución pública si se lo ofrecieran?
Juan Manuel Bonet: Hice lo que creía que tenía que hacer en cada una de las direcciones en que he estado y tengo un recuerdo de haber contribuido a cosas en cada una de ellas. No se puede decir de esta agua no beberé, pero no entra en absoluto en mi esquema vital. No soy partidario de volver al lugar del crimen, es decir a un sitio donde ya he estado. A mí no me suena bien. Todo tiene su tiempo, y yo estoy ahora en mis cosas. El cuerpo no me lo pide.
13. G.P.: Vivimos una época de crispación que llega incluso a la cultura. Usted siempre ha abogado por el entendimiento y el diálogo sereno. Algunas de sus exposiciones lo han puesto de manifiesto.
Juan Manuel Bonet: Recuerdo una exposición pequeña de Alfonso Ponce de León en el Reina Sofía, que estuve a punto de hacer junto con otra de Francisco Pérez Mateo, que era escultor, y que monté después. El primero, falangista; del Partido Comunista, el otro. Ambos mueren el mismo año, el verano de 1936. En la inauguración de la de Ponce de León acabó habiendo falangistas de la época del artista. Lo mismo que en la exposición de Alberto tuvimos a la nieta de La Pasionaria. O en la del citado Pérez Mateo gente interesada por la vertiente comunista de esos años. Yo siempre he estado en la línea de revisiones nuevas. Dentro de España, en la posguerra, están Baroja, Azorín, Pérez de Ayala, Solana, Zuloaga, Cunqueiro, que son muchos de ellos igual de importantes que los que se fueron al exilio, una marcha tremenda y durísima, por supuesto, algo terrible. Pero creo que la mirada serena a la historia debe de ser poder programar a la vez a estos dos artistas muertos el mismo verano, cada uno con una ideología. Arte y política tienen un maridaje muy complicado. Y hay que mirar todo lo que se produce. No se puede decir que no se lea a Alberti por ser comunista o a Celine porque era fascista. Hay que leerlo todo, mirarlo, escucharlo, verlo y conocerlo para poder quedarse con lo que tiene de aprovechable. ¿Hay que cancelar a Picasso, quemar a Sade o a Bataille? Desde luego que no.
Las fotos son de Alberto R. Roldán (1 y 2) y de Cipriano Pastrano (3)
Mayo 2025 © Gema Pajares