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«Arditti versus la oportunidad»


06/02/2019

Una crítica de Ismael G. Cabral para El Compositor Habla.


 

Arditti versus la oportunidad

 


Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Auditorio 400. 04/01/2019. Cuarteto Arditti. Obras de Kurtág, Rueda y Ligeti. Series 20/21 del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM).
 
Cuesta entender la prologanda ausencia del Cuarteto Arditti de los escenarios españoles. O no, habida cuenta de la deriva conservadurista de la rotunda mayoría de ellos y la inexistencia del añorado ciclo Musicadhoy. Desde hace algún tiempo su fundador, Irvine Arditti, viene lamentándose de que en España parece no interesar la presencia de una formación legendaria como la suya, absolutamente fundamental para comprender (casi) todas las derivas que han seguido las músicas de los siglos XX y XXI.
 
Borrados desde hace muchos años del Ciclo de Música Contemporánea del Teatro Central de Sevilla (su caché es la excusa); se pasó por alto en 2017 la oportunidad de proponerles revivir Zayín, la obra maestra de Francisco Guerrero que el Cuarteto estrenó hace ya hoy 21 años. Tampoco han regresado al Festival de Música y Danza de Granada, al que quien fuera su director, Alfredo Aracil, también invitó. Del felizmente recuperado Ensems han sido eliminados (aunque allí presentaran, en el pasado, algunos programas de excesiva circunstancia, cuestión no achacable en sí misma a ellos...) y en Barcelona llevan años sin escucharles en aras de aventuras más presuntamente modernas.
 
Inauguraron el Auditorio 400 del Centro de Arte Reina Sofía de Madrid y a él han vuelto, cinco años después de su última comparecencia allí. Demasiado tiempo. Se dirá que ya no están solos, que no son los únicos. Claro que no lo son. Ahí están otras formaciones análogas como el Jack, los Tana, los Bozzini y los Diotima, todos ellos de primer nivel, cada uno con sus particularidades, todos con rotundo compromiso con la música de hoy. Pero el Cuarteto Arditti es histórico y, lo mejor, siguen siendo “los que mandan”. En sentido figurado, entiéndase.
 
Salíamos del concierto con la satisfacción de haber estado ahí una vez más, de haberles arropado y aplaudido, en una sala flamantemente llena y entusiasta. Razón por sí sola de peso para contar con ellos más a menudo. Y sin embargo se venían a la mente consideraciones reflexivas sobre el sentido de la oportunidad. De la oportunidad perdida. Los Arditti constituyen casi una segunda piel de los festivales donde se crea y difunde la música de hoy, están permanentemente en los fogones. Pero ninguna muestra de ellos se trajeron. Solo mirando su actividad en los últimos años vemos cómo han tocado/estrenado nuevas composiciones de importantísimos creadores como Mark Andre, Olga Neuwirth, Clara Iannotta y Ashley Fure. También presentaron en Darmstadt uno de los cuartetos de cuerda más subyugantes del nuevo siglo, HIDDEN (escrito así, en mayúsculas), de Chaya Czernowin. Y si vamos más atrás en el tiempo, su magisterio con la obra cuartetística de dos grandes, Brian Ferneyhough y Emmanuel Nunes, sigue ignota en España.
 
¿Es que acaso Kurtág, Ligeti y Rueda estuvieran de más? En modo alguno. ¿Pero no hubiera sido más apasionante, también más arriesgado, dar un paso más largo y posicionarnos en otros universos estéticos más palpitantes, más en carne viva? El Cuarteto nº1 de György Kurtág (1926) constituyó, empero, uno de los momentos intensos del programa. Con su enrarecido expresionismo, Arditti y Ashot Sarkissjan, en el segundo violín, ofrecieron instantes de virulento lirismo en una obra con solera (1959) que a estas alturas ya debería ser repertorio. En los 12 microludios, Hommage a Mihály András (1977-78), el Cuarteto jugó su baza menos afín, la del silencio, la del sonido musitado, apenas apuntado, como esbozado. Suerte de exégesis del legado weberniano, su férrea abstracción encontró una musicalidad de esquirlas clásicas en los atriles del Arditti.
 
En 2006 la Fundación Autor publicó un doble disco con la integral cuartetística de Jesús Rueda (1961). De aquella grabación a este concierto solo queda Irvine Arditti. Sin embargo, ni Sarkissjan, ni Ralf Ehlers ni Lucas Fels son ajenos a la gramática musical del compositor madrileño. Rueda practica un modernismo tranquilo, de resonancias poéticas y de referencias muchas veces literarias. Va a lo suyo, aunque lo suyo no sea lo que esté en boga. Porque su música, desde luego la de los Cuartetos III Islas (2004) y II Desde las sombras (2003), que se interpretaron aquí, poca o ninguna conexión guarda con militancias de ningún tipo. Escuchados los dos, sin solución de continuidad, se obtuvo cierta sensación de espesura. O de excesiva trascendencia. Tampoco es que estas obras le vayan a los Arditti como un guante, tanto como les ocupan estos pentagramas de alcanzar un lánguido y tranquilo dramatismo. En los tiempos lentos, que son los que dominan ambas piezas, parece percibirse una reminiscencia de los Cuartetos de Henryk Gorecki, aunque Rueda no tenga una personalidad sonora tan acuciada. Uno hubiera estado mejor que dos, pero el madrileño es este año Compositor Residente del CNDM.
 
Finalizó el concierto con el Segundo (1968) de György Ligeti (1923-2006). Y, desde luego, aquí el magisterio era absoluto. Lejos de amainar aguijones, resultó una versión incómoda y desnuda, muy en la estética Arditti, la misma que magnetizó a Ligeti, y a Lachenmann, y a Berio, y a Cage, y a... El grupo parecía gustarse a sí mismo en cada movimiento, con una conexión abrumadora, con una capacidad como nadie de generar tensión y belleza a partes iguales. La liturgia de la música contemporánea reposa en el atril de Arditti y de los suyos. Que vuelvan, pronto, y con músicas más aferradas al ahora.

 
© Ismael G. Cabral - enero 2019
 
 
Foto 1 de Astrid Karger
Foto 2 de Miguel Bustamante

 

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