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Sobre Graciela Jiménez... por Arnoldo Liberman


14/02/2019

Texto de presentación del último trabajo discográfico de la compositora Graciela Jiménez, el cd «Graciela Jiménez Obras para piano - Obras para piano y cello» publicado por Naxos.

 
 
 
Presentar un disco de Graciela Jiménez es rendir homenaje a lo que, permítanme la metáfora, es la búsqueda empecinada de una corchea literaria, un intento - siempre frustro- de acompasar el mundo interno con los sonidos necesarios para dar vida a la palabra. La búsqueda de un lenguaje que - como el de Graciela- permita habitarlo, aprender que la casa del ser (que los filósofos han definido) para ella tiene forma de pentagrama y de versos conmovedores (los de Federico García Lorca o Alejandra Pizarnik o Anna Ajmátova o, secretamente, de María Elena Walsh  o de Antonio Gamoneda ("Oh, qué dura y feroz es la frontera / de la belleza y el dolor, ni un dios /puede cruzarla con su cuerpo puro / Los dos estamos por igual manera / a hierro y sed de soledad, los dos / encadenados contra el mismo muro").

Graciela ha luchado con las formas para conseguir su propia expresión. Pero, ¿cuál es el camino que ha elegido esta compositora argentina para lograr ese soberano objetivo? ¿Cuál es su inicio, sus propias emociones, sus peripecias vitales, los temblores de su piel o los sucesos del diario vivir que diagraman su entorno? ¿Se puede -como lo intenta Graciela- expresar ese abismo sin fondo que llevamos dentro y que la música y la poesía llenan de sentido haciéndolo sensible y significativo? ¿O se arroja en otro universo donde no existe la finitud, aquello que no somos y nos ilumina? ¿Se trata sólo de sembrar grietas o de hacer de cada grieta un templo? ¿Cómo se manifiesta ese sentido del tiempo que no se expresa en los relojes cronometrados sino en el tiempo de la intravida? ¿Cómo es ese tiempo nacido del murmullo - "la belleza nacida del murmullo" que decían los poetas- y que lo filósofos llamaron "la ética del instante"? ¿Podríamos llamarlo "palpitación metafísica"?

Yo, que voy para los 86 años -esta edad en que te elogian por cosas que nunca has hecho y te reprochan cosas que tampoco has hecho- sé de esta palpitación metafísica. O como decía Adorno: "yo pienso con los oídos". Graciela sabe que con sólo apretar una tecla algunos segundos nuestra vida cambia de sentido y alcanza una plenitud que parece infinita. Ese instante fugaz en que los hijos del tiempo desafían el tiempo.

Recuerdo a Arnold Schönberg cuando, escuchando su Quinteto de vientos, decía que no entendía nada de lo que había hecho. Pero bien sabemos que cuando no hay respuesta, el amor es la última posibilidad de expresarnos porque el amor a un pentagrama habitado de versos es lo que Wittgenstein llamaría el otro rostro de lo místico, es decir, algo que nos domina y que no podemos con él. Un campo con cuervos no es bello de por sí, pero en el pincel de Van Gogh se transforma en una fascinación que descubre lo que nosotros no hemos visto. En este caso Graciela hace de lo místico un pentagrama que nace de su esternón como lo mejor de ella misma, soñando con ese milagro que decía Baudelaire: de una prosa poética y musical que se adaptara a los movimientos líricos del alma, a la ondulaciones del sueño, a los sobresaltos de la conciencia. Consciente, como lo está Graciela -el que avisa no es traidor- que se ha situado ante la maravilla del misterio, ante un enigma insondable pero que debe ser abordado con las armas de la creación. Esa posibilidad de lo imposible, que decía Paul Celan.

Recuerdo que Freud, ese pesimista genital (como algunos lo definieron) diagnosticó que Hamlet era un autista porque proclamaba que se sentía una flauta que puede producir muchas corcheas pero que nadie puede tocar. Quizá Shakespeare hablaba de otra cosa: que Hamlet encuentra en el sonido de la flauta esa fuente de placer incanjeable y personal, ese modo expresivo, ese instante de acuerdo consigo mismo que nos arranca - como le sucede a Graciela- de la esclavitud de la angustia y que - a su vez- jubilosamente nos arroja al ritual de esa entrañable hechicería que es el momento musical transformado en eternidad, una especie de cautiverio enamorado del que Graciela mucho sabe porque ella ama la poesía tanto como las corcheas, siempre queriendo más, nunca dándose por satisfecha con lo accesible.

Dora de Marinis, la destacada pianista del disco, dice lúcidamente en los textos que acompañan: "La compositora se siente cómoda en su habitat cuando se trata de la forma aforística, el murmullo". Es exactamente así: Graciela sobrevuela las tela-arañas de lo íntimo, la voz de lo recóndito, esa melancolía en puntas de pie que es quizá una de los senderos más enigmáticos del alma humana. El escucha de este disco deberá prepararse para una experiencia no fácil. No se trata sólo de poner los oídos sino- reitero, como decía Theodor Adorno- de pensar con ellos, de identificarse con el latido de Graciela, de hacerse cargo de sus silencios, "del dolor y el amor" (como ella dice). Insisto: hacerse cargo de sus silencios : el silencio que se dibuja como se dibuja una corchea y se ofrece a nosotros con la misma emoción que un acorde. Los melómanos sabemos que el silencio no es una forma de callar sino de integración a un pentagrama para intentar decir aquello que no se puede decir y que forma parte insustituible del fenómeno musical. Sin la presencia del silencio la música se transformaría en un flujo de ondas que podría convertirse en un infierno sonoro. Una corchea no tendría sentido si no la siguiera un silencio. Y Graciela sabe bien lo que una vez nos dijo Santiago Kovadloff: "¿Qué significa oír el silencio sino escuchar lo que no alcanza a ser dicho?". Carmen Pardo Salgado dice que un silencio es como un suspiro, una pausa habitada de embarazo. Jorge Luis Borges le dió carácter sentencioso: "No aplaudas a menos que puedas mejorar el silencio". Graciela en sus pentagramas es muchas veces el silencio entre dos notas. Recuerdo siempre a Claudio Abbado cuando en Lucerna, durante la conclusión de la interpretación de la Tercera Sinfonía de Mahler y en su agonía estremecida - poco tiempo después murió- puso el dedo entre sus labios y sugirió al público, girándose, que no aplaudiera aún, estableciendo una complicidad honda entre el sonido y el silencio, entre nuestra sensibilidad y el mundo sonoro.

Graciela, que tanto ama a García Lorca, a nuestro querido Federico, seguramente conoce estos versos del granadino respecto del silencio: "Huyendo del sonido / eres el sonido mismo / espectro de armonía/ humo de grito y canto / Vienes para decirnos / en las noches oscuras /la palabra infinita / sin aliento y sin labios". Allí se hospeda esa búsqueda que un auténtico creador hace oscilar entre el ángel caído y el misterio fascinante de lo intangible, entre el interrogante que grita y el silencio que lo apuntala. Lo dice un poeta argentino, Roberto Juarroz: "El silencio no es la negación del sonido sino el pórtico de su inminencia".

Esta música, la de Graciela,  no posee un pulso  ciertamente alegre; se trata, insisto -como decía Schönberg- de superar el primer contacto porque la música nueva nunca es bella al primer contacto. Graciela es, digámoslo así, una tejedora de humo. Don Federico Sopeña- ese primer mahleriano español- me insistía en que "cada ser humano tiene sus propias corcheas. Y cada una suena distinta a las demás". Graciela Jiménez busca su corchea y alcanzarla no es sólo una requisa anhelante sino un imperativo ético. Abrirse a la pasión del instante es simplemente amar. Y decir amor en esta época es una trasgresión. Esa palabra ya no se dice: nuestro cinismo revestido de sentido común, nuestro escepticismo disfrazado de realismo pedestre, nuestra pobre imaginería contemporánea, no pueden admitir que un verdugo sutil y puntual nos ha privado de los medios de llegar a ser dioses al mismo tiempo que nos metía-como una estaca en el corazón- el infinito anhelo de amar como los dioses. El pentagrama y el verso son, en Graciela, el lugar de lo sagrado Y a la vez el espacio de lo vulnerable, de lo efímero. Todos conocemos esa sabiduría sarcástica de Emile Cioran: "Me paso el día matando el tiempo mientras el tiempo me mata a mí. Entre asesinos nos llevamos de mil maravillas". ¿Es posible el hallazgo de lo trascendente o - quizá más lúdicamente- el hallazgo trascendente es aquello que escuchamos, que nos invade y moviliza?, pero - como el Querubino mozartiano- es un no sé qué (por no decir un "yo que sé" o un "qué se yo") pero que es informe, intangible, huidizo, múltiple y azaroso, sustancialmente evanescente.

En muchos momentos el conjunto de sensaciones resultante de un pentagrama es de una apariencia caótica, de un desorden contenido o de una reiteración obsesiva. Pero lo cierto es que en todo momento se disparan preguntas, caminos a medias, hilos sueltos, corcheas nómades, todo queda a expensas de nuestra imaginería o quizá más propiamente de nuestra sensibilidad, de ese mundo interno que nunca es igual al de mi prójimo porque nuestros fantasmas nunca son los mismos aunque ambos estemos expuestos. No se trata de ser Pitágoras ni de asumirse Kant o Hegel: se trata de intentar saber por qué en La pasión  según San Mateo Bach nos involucra a cada uno de una manera distinta, como lo hace Graciela con sus pentagramas. Se trata de que las corcheas van declamando que no son lo que suena sino el instante fugitivo en el que existen, que el goce musical no es traducible en palabras sino en latidos y cada ser humano posee sus propios latidos de una manera única y singular. Estos pentagramas que hoy presentamos hablan de amor, de ese jubiloso, triste o insinuante límite entre la vida y la muerte, de ese vértigo que nos arroja al paraíso del instante y a la fugaz soberanía de lo absoluto, ese mundo que es a la vez trascendente y último, ese mundo de corcheas que alguna vez me pregunté si es un mundo -como lo es nuestra patria, Argentina- que se evapora o un mundo que se cree poseer, aquello que asoma como un orden oculto, aquello que desencadena un flujo misterioso en el que podríamos dejarnos morir. Steiner escribió que cuando se habla de música el lenguaje cojea y no obstante intenta el desvelamiento de lo imposible, pero no tenemos otra cosa que decir que nuestras propias corcheas, así de inexpresivas, así de precarias, así de necesarias. Graciela aprendió de Mahler que hay que abrirse a un mundo desconocido y fascinante porque el ser humano, más que un animal de lenguaje es, antes que nada, un animal de corcheas. Por eso queda en manos de mis compañeros de mesa dilucidar esa corchea musicológicamente : sólo les digo -como lo hacía San Juan de la Cruz : "Quitadlo todo para que yo pueda ver".

En tiempos como éstos, donde la dignidad humana parece estar en liquidación, donde cualquier candidato político nos vende no sólo un paraíso irrealizable sino la osamenta de una honestidad siempre quebradiza, donde corremos el peligro de perder todo sentido auténtico de lo trascendente, la presencia de músicos, de compositoras como Graciela, nos reconcilian no sólo con el mundo de los interrogantes sino con la madera misma de la que estamos hechos los seres humanos. Gracias, Graciela. Muchísimas gracias a todos por estar aquí. Arnoldo Liberman


 
El texto fue leído por Arnoldo Liberman en la presentación del CD «Graciela Jiménez Obras para piano - Obras para piano y cello» publicado por Naxos, en el marco de la presentación del trabajo discográfico el pasado día 12 de diciembre del 2018 a las 19,30, en la Sala Valle-Inclán del Círculo de Bellas Artes de Madrid.



Más información en la web de la compositor Graciela Jiménez

Más información en la web de Naxos

Fotografías facilitadas por la compositora


 

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