«Más música y menos ruido»
05/12/2025
Vivimos rodeados de ruido: prisa, pantallas, notificaciones y una sobrecarga sonora que nos devora sin que apenas lo notemos. En esta era de estímulos incesantes, la escucha -la verdadera- se ha convertido en un acto de resistencia.
Gema Pajares nos invita a bajar el volumen del mundo, a recuperar el silencio interior y a reencontrarnos con la música como refugio, ancla y revelación.
Alboroto, barahúnda, griterío, bulla. Ruido, en definitiva. Vivimos inmersos en él y rodeados por él. Hay un verbo en inglés que siempre, desde que lo estudiaba en el colegio, me ha parecido perfecto para explicar esa sensación:
surround. Siempre imaginé la misma escena cuando lo pronunciaba con esa vibrante erre doble: alguien en el mar rodeado de una panda malencarada de tiburones, como seis, más o menos. Y esos tiburones pueden ejemplificar perfectamente el ruido fiero porque da la sensación de que te puede devorar de un bocado, empezando por las extremidades y siguiendo quién sabe con qué otra parte.
Lo percibimos desde que abrimos los ojos cada mañana. Nos está ganando la partida. El ruido es también prisa, es inmediatez, es un ya, un aquí y un ahora que nos hace rehenes, al que hemos vendido nuestra alma. Es tal el contenido de información que se genera a nuestro alrededor, la sobreabundancia sonora que percibimos cada segundo que pasa, que saber escuchar se ha convertido en un esfuerzo que no estamos dispuestos a hacer. Hemos olvidado lo que es saber escuchar. Oímos, sí, pero ¿dónde queda la escucha? Frente al ruido acústico esforcémonos por escuchar, aunque implique eso, un esfuerzo.
Nos resulta casi imposible levantarnos de la cama sin cargar con el móvil, que buscamos medio a tientas recién despertados como si fuera un valor seguro, nuestro asidero, dueño y señor. Imposible escuchar un concierto sin tener el aparato a la mano, en modo avión, sí, pero también en modo zumbido de notificaciones que interrumpe un solo de violín, un aria o una obertura cuando estamos en una sala de conciertos. Parece mentira, pero sigue pasando. Y ese ruido es insoportable. El ruido nos provoca ansiedad y la ansiedad nos atrapa en la rueda del hámster. El mundo moderno es un martillo percutor de estímulos. La realidad se ha transformado en una cacofonía incesante a la que espolea la prisa insaciable del progreso. En esta vorágine de información que somos incapaces de asumir y de estruendo ambiental, la música, ese antiguo lenguaje del alma, ha sido relegada, en muchos casos, a la servidumbre de ser un mero fondo, un tapiz sonoro para nuestras vidas ocupadas.
Escuchar música, ya lo hemos dicho líneas arriba, no es lo mismo que oírla. Oír es un acto pasivo; un simple reconocimiento biológico de ondas sonoras que golpean el tímpano. Escuchar, por el contrario, es un acto de voluntad, un ejercicio consciente de arrojar un ancla en medio de la tormenta del siglo XXI. Requiere un sagrado ritual: apagar las pantallas, cerrar los ojos y, sobre todo, silenciar el ruido interno. ¿Estamos dispuestos a la revolución?
En un mundo que grita y demanda nuestra atención sin el menor escrúpulo, saber escuchar es un acto de rebelión serena, una forma de recuperar el control de nuestro propio paisaje interior. Puede ser nuestro refugio. Hagamos lo que podamos porque la oferta musical que tenemos al alcance de nuestra vista y de nuestra mano es inmensa, rica, variada, llena de matices. Desconectemos de tanta saturación acústica en un auditorio, en un teatro. Hagamos el ejercicio balsámico de sentarnos en una butaca y disfrutar, no se pide más. Que nos dé igual lo que en esa hora y pico el mundo dé de sí. No miremos el reloj, por favor. Nosotros habremos ganado oro. Vayamos a un teatro de ópera para escuchar un título clásico, de repertorio o uno contemporáneo, que ya van abundando más, sí, aunque queda, siempre queda, camino por recorrer, y eduquemos el oído poco a poco, compás a compás, pero no digamos “no” sin conocer porque seguramente nos estemos perdiendo algo que tiene interés.
Tiremos de
Carmen, la apuesta en diciembre del Teatro Real en Madrid, de
Norma la apuesta en diciembre de La Monnaie en Bruselas, de la bellísima
Concertino para arpa y orquesta de Germaine Tailleferre (programada en el Auditorio de Música de Madrid) o de alguno de los 13 Cuartetos de Cuerda de Elisabeth Maconchy una de las aportaciones más importantes al género en el siglo XX (programado el n°3 en el Auditori de Barcelona), y de paso buscarlas en el universo de Spotify, Deezer... y escucharlas), dos de las más grandes compositoras, cuyas obras, como les sucede a muchas compositoras, tendrían que programarse más a menudo y mejor. Demos una oportunidad al
Tristan und Isolde que llegará en febrero de 2026 al Liceu con un vértice de lujo formado por tres mujeres: la soprano Lise Davidsen, la directora de orquesta Susanna Mälkki y la directora de escena Bárbara Lluch. Y no olvidemos que ya en primavera el Metropolitan programará la ópera
Innocence, de Kaija Saariaho en la versión original que se estrenó en 2021 y que contará con la mezzo Joyce DiDonato. Podemos empezar el año, o no, con el Concierto de Viena sentados en el sofá. Es una opción. Busquemos, que seguro que vamos a ser capaces de hallar gemas preciosas y hagamos nuestro oído a otros sonidos, a otras músicas, a nuevos acordes. Pero, sobre todo, bajemos el ruidoso volumen que nos rodea y que no nos aporta, la mayoría de las veces, más que sobresaltos y angustia. Busquémonos en la música y hallarnos, también, en el silencio.
Diciembre es un mes de despedidas y de buenas nuevas. Son los treinta y un días que pasan más rápido, nos los comemos y bebemos como si fueran quince. Aprovechemos el tiempo para abrir los oídos a los grandes oratorios, a la música navideña, al villancico popular con pandereta incluída (pues anda que no tiene su dificultad saber tocarla), a la ópera de fuste, al concierto de música contemporánea al que a veces negamos el pan y la sal “porque no lo entendemos”. Ese argumento ya no nos vale. Abramos nuestras mentes de par en par porque seguro que nos hará bien. Y demos el tiempo justo y necesario a las redes, que no nos pesquen como si fuéramos un buen día de faena en alta mar mientras nos preparamos a recibir a un enero que no será como los otros, porque nunca podremos bañarnos dos veces en las aguas del mismo río y no hay un enero que sea como otro, porque viene cargado, solo hay que saber escuchar. Y quizá, si nos lo proponemos, seremos capaces de bajar entre todos el atronador volumen y reducir la bulla, el griterío y el alboroto a cenizas.
La foto es de PB
© Gema Pajares, diciembre 2025.