ISSN 2605-2318

Noticias

El piano en femenino: hacia una relectura del repertorio en los siglos XX y XXI


31/03/2026

Cada mes de marzo nos recuerda algo incómodo: la historia que hemos heredado no está completa. Tampoco lo está el repertorio que escuchamos. En la música para piano de los siglos XX y XXI, las compositoras no ocupan los márgenes por falta de calidad, sino por las dinámicas de exclusión que han configurado el canon. Escuchar sus obras hoy no es una concesión: es una necesidad musicológica.



Marzo nos interpela. Nos obliga a revisar lo que escuchamos y, sobre todo, lo que no. Este artículo no propone una excepción, sino una corrección necesaria: incorporar al relato pianístico del siglo XX y XXI a quienes siempre formaron parte de él. No se trata de excluir compositores, se trata de no perderse música extraordinaria, autoras esenciales, se trata de no perderse belleza.



Una cuestión de escucha… y de relato

La historia del repertorio pianístico ha sido tradicionalmente construida como una genealogía aparentemente continua y coherente: de Ludwig van Beethoven a Frédéric Chopin, de Franz Liszt a Claude Debussy o Arnold Schoenberg. Este relato, que ha estructurado durante décadas la enseñanza, la programación de conciertos, los estudios académicos, los programas de estudios de los centros de enseñanza y la grabación discográfica, se presenta a menudo como una evolución natural del lenguaje pianístico: del clasicismo al romanticismo, de la tonalidad a la atonalidad, de la forma a la disolución de la forma.

Sin embargo, esta narrativa no es neutra ni inocente, es una construcción cultural. Es el resultado de procesos históricos de selección, legitimación y transmisión en los que han intervenido conservatorios, editoriales, instituciones culturales, críticos y circuitos de interpretación. En ese proceso, no solo se han privilegiado determinadas estéticas —germánicas, centroeuropeas, vinculadas a la gran tradición sinfónico-camerística—, sino también determinados perfiles de autoría que han definido qué se considera central, innovador o digno de permanencia.

El piano, además, ha ocupado un lugar singular en este sistema. Instrumento doméstico y a la vez concertístico, vehículo de formación y símbolo de capital cultural, su repertorio ha sido uno de los más codificados y repetidos en la historia de la música occidental. Precisamente por ello, los mecanismos de canonización han operado en él con especial intensidad, fijando un conjunto relativamente reducido de obras y nombres que se transmiten de generación en generación.

En este contexto, la escasa presencia de compositoras en el repertorio pianístico no puede explicarse por una supuesta ausencia de producción o de calidad, sino por una combinación de factores estructurales: limitaciones en el acceso a la formación, restricciones sociales y profesionales, menor acceso a la publicación y, sobre todo, una historiografía que durante mucho tiempo no consideró sus obras como parte del núcleo del discurso musical.

Sin embargo, el siglo XX -y de manera aún más evidente el XXI- ofrece un panorama muy distinto. Las obras para piano escritas por compositoras en este periodo no constituyen una periferia anecdótica, sino un corpus amplio, diverso y estéticamente decisivo. En ellas encontramos algunas de las exploraciones más radicales del sonido, del gesto pianístico, del tiempo musical y de la relación entre tradición y contemporaneidad.

Desde las investigaciones rítmicas y formales de Ruth Crawford Seeger hasta la radicalidad sonora de Galina Ustvolskaya, desde la espiritualidad estructural de Sofia Gubaidulina hasta las poéticas espectrales de Kaija Saariaho o la complejidad virtuosa de Unsuk Chin, este repertorio no solo dialoga con las grandes corrientes del siglo XX, sino que contribuye activamente a definirlas.

Reconocerlo implica desplazar la mirada. No se trata de añadir nombres a una lista ya existente por cuota, sino de revisar los criterios mismos con los que esa lista fue construida. Porque el canon no es un reflejo fiel de la historia, sino una herramienta de lectura que puede -y debe- ser revisada.

Conocer estas obras, programarlas, estudiarlas y escucharlas no es, por tanto, un gesto de reparación simbólica ni una concesión coyuntural. Es una exigencia de rigor musicológico. Y, sobre todo, una oportunidad para ampliar nuestra experiencia de la escucha.



Escritura pianística y modernidad: más allá del estilo

Lili Boulanger: el impresionismo interiorizado


Las piezas pianísticas de Lili Boulanger, como D’un vieux jardin, se sitúan en el umbral entre el impresionismo heredado de Claude Debussy y una sensibilidad más introspectiva. Desde un punto de vista analítico, su escritura se caracteriza por el uso refinado de la modalidad, la ambigüedad tonal, las texturas estratificadas y una notable economía de material temático, donde cada gesto parece cargado de una intensa densidad expresiva.

Su relevancia no puede entenderse únicamente en términos estilísticos, sino también históricos. En 1913 se convirtió en la primera mujer en obtener el prestigioso Premio de Roma, un hito que no solo reconoce su talento excepcional, sino que evidencia las barreras estructurales que hasta entonces habían impedido el acceso de las mujeres a los principales circuitos de legitimación musical. Este reconocimiento la sitúa en el centro de la vida musical francesa de su tiempo, no como excepción, sino como figura plenamente integrada -aunque posteriormente invisibilizada- en la modernidad musical.

No hay en su música una voluntad de ruptura radical, sino una profundización en la dimensión expresiva del lenguaje. Su aportación consiste en desplazar el foco desde la superficie sonora hacia la interioridad, abriendo un espacio donde el piano deja de ser únicamente color o atmósfera para convertirse en un medio de introspección, memoria y tiempo suspendido. En este sentido, su escritura anticipa una concepción del sonido más ligada a la experiencia subjetiva que a la construcción formal, situándola como una figura clave en la transición hacia nuevas sensibilidades del siglo XX.



Grażyna Bacewicz: forma, energía y tensión

Las sonatas para piano de Grażyna Bacewicz se inscriben en una modernidad estructural donde el ritmo actúa como elemento organizador primario. Su escritura articula células rítmicas generativas, un tratamiento motívico cercano al neoclasicismo y una constante fricción armónica que dota a su música de una tensión interna muy característica.

Sin embargo, la importancia de Bacewicz va mucho más allá de su lenguaje compositivo. Nos encontramos ante una figura extraordinaria dentro del panorama musical europeo del siglo XX: compositora, violinista virtuosa y pianista, plenamente integrada en los circuitos internacionales de su tiempo.

La compositora, pianista y violinista polaca Grażyna Bacewicz ganó el segundo premio en el prestigioso Queen Elisabeth Competition en 1965, en la sección de composición. La obra premiada fue su Concierto para violín n.º 7, una partitura que refleja con claridad su lenguaje enérgico, estructurado y profundamente personal. En ese mismo certamen, el primer premio fue otorgado a Wilhelm Georg Berger y el tercero a Luctor Ponse. Además, en esos mismos años su música recibió un premio del gobierno belga y reconocimientos de la UNESCO, confirmando su proyección internacional y el alto grado de estima que alcanzó en vida.

Su caso es paradigmático de muchas creadoras del siglo XX: compositoras que no fueron marginales en su tiempo, que tuvieron éxito, visibilidad y carreras activas, pero que quedaron progresivamente desplazadas de los relatos historiográficos y de los programas de concierto. En este sentido, la música de Bacewicz no solo merece ser recuperada, sino reubicada en el lugar que le corresponde dentro de la modernidad europea.

Su obra pianística evidencia cómo la tradición formal puede ser reactivada desde una lógica contemporánea, sin caer en el historicismo. En ella, el piano no es un espacio de exhibición, sino de construcción: un laboratorio donde forma, energía y tensión se articulan con una claridad y una fuerza que la sitúan entre las voces más sólidas -y aún insuficientemente reconocidas- del siglo XX. 



El piano como objeto sonoro

Sofia Gubaidulina y Galina Ustvolskaya

En la segunda mitad del siglo XX, el piano deja de ser únicamente un vehículo de discurso -un instrumento al servicio de la forma, la armonía o la narrativa- para convertirse en objeto sonoro en sí mismo. Este desplazamiento implica una transformación profunda: el interés ya no reside exclusivamente en lo que el piano “dice”, sino en lo que el piano “es”. Su materia, su resonancia, su capacidad de generar energía acústica pasan a ocupar el centro del pensamiento compositivo.

En este contexto, la obra de Sofia Gubaidulina y Galina Ustvolskaya representa dos de las aproximaciones más radicales y complementarias a esta concepción del instrumento.

En la Chaconne (1962) de Gubaidulina, una forma históricamente asociada a la variación sobre un bajo repetido, se transforma en un proceso de acumulación energética y simbólica. La repetición no es aquí un elemento estructural estático, sino un principio dinámico de transformación continua. Desde un punto de vista analítico, la obra se articula a partir de:
  • contrastes extremos de registro (graves densos frente a agudos incisivos)
  • amplios arcos dinámicos
  • una escritura que explora la resonancia como elemento constructivo

La dimensión espiritual, central en su pensamiento, no se presenta como programa explícito, sino como experiencia sonora: tensión, expansión, ruptura y, en ocasiones, suspensión. El piano se convierte así en un espacio ritual, donde cada gesto parece cargado de significado.

En el caso de Ustvolskaya, el enfoque es aún más radical en su economía de medios. Sus sonatas para piano constituyen un universo sonoro absolutamente singular dentro del siglo XX. Su estética se define por:
  • bloques sonoros compactos, casi monolíticos
  • insistencia rítmica obsesiva
  • registros extremos tratados de forma percutiva
  • ausencia deliberada de desarrollo tradicional

En su música no hay concesión a la ornamentación ni al virtuosismo entendido como brillo. El gesto pianístico es directo, físico, casi violento en su reiteración. La escritura exige del intérprete una implicación corporal extrema, hasta el punto de que la ejecución se convierte en una experiencia límite. Más que discurso, hay presencia. Más que forma, hay afirmación sonora.

Ambas compositoras, desde posiciones estéticas muy distintas, coinciden en un punto esencial: la redefinición del piano como espacio de experiencia material y perceptiva. Su música no se limita a ampliar el lenguaje pianístico, sino que cuestiona las categorías mismas con las que ese lenguaje había sido entendido hasta entonces.

En ellas, el piano deja de ser un medio transparente para convertirse en un territorio donde el sonido adquiere densidad, resistencia y, en última instancia, significado propio.



Modernidades desplazadas

Ruth Crawford Seeger


Los Piano Studies de Ruth Crawford Seeger constituyen uno de los ejemplos más avanzados y visionarios del modernismo estadounidense temprano. En estas obras, la exploración de la disonancia, la independencia de voces y la organización rítmica alcanza un grado de sofisticación que anticipa desarrollos posteriores del lenguaje musical del siglo XX, desde el serialismo hasta ciertas prácticas experimentales vinculadas a la música contemporánea.

Desde un punto de vista analítico, Crawford Seeger desarrolla procedimientos de gran originalidad:
  • una independencia extrema de las líneas, tratadas como entidades autónomas
  • una concepción del ritmo como elemento estructural, no subordinado a la melodía
  • una escritura que cuestiona la jerarquía tradicional entre consonancia y disonancia

Su música no busca resolver tensiones, sino sostenerlas, habitarlas y convertirlas en el núcleo mismo del discurso.

Sin embargo, su prolongada ausencia en el repertorio habitual no responde a una falta de relevancia, sino a los mecanismos de selección que han configurado la historia musical. Como en tantos otros casos, su figura quedó desplazada en un contexto donde las dinámicas de legitimación no solo estuvieron marcadas por cuestiones de género, sino también por jerarquías culturales y sociales más amplias.

El desarrollo del modernismo estadounidense se ha narrado frecuentemente desde una perspectiva parcial, en la que determinadas voces fueron privilegiadas mientras otras quedaron en segundo plano. En ese proceso, influyeron factores diversos: redes de poder, acceso a instituciones, circulación de las obras y, también, prejuicios más o menos explícitos vinculados a la procedencia, la identidad o la pertenencia a determinados entornos culturales.

Abordar hoy la obra de Crawford Seeger implica, por tanto, no solo reconocer su extraordinaria aportación estética, sino también situarla dentro de un contexto más amplio, donde la exclusión de ciertas voces -incluidas aquellas atravesadas por dinámicas de discriminación racial o cultural en el ámbito musical estadounidense- ha condicionado profundamente la construcción del relato historiográfico.

Recuperarla no es únicamente un acto de justicia histórica. Es, sobre todo, una oportunidad para comprender mejor la complejidad del modernismo del siglo XX y para ampliar nuestra escucha hacia territorios que, durante demasiado tiempo, permanecieron en la sombra.



Germaine Tailleferre

Miembro de Les Six, Germaine Tailleferre ha sido frecuentemente leída en relación con sus colegas masculinos -Francis Poulenc, Darius Milhaud o Arthur Honegger-, como si su obra necesitara ser contextualizada a través de ellos para adquirir legitimidad. Sin embargo, esta perspectiva oculta una evidencia fundamental: su escritura pianística posee una voz plenamente autónoma, con una identidad estilística definida y coherente a lo largo de su producción.

Desde un punto de vista analítico, su música se caracteriza por:
  • una claridad formal que evita la densidad excesiva sin renunciar a la sofisticación
  • una economía discursiva que privilegia la precisión sobre la acumulación
  • una escritura transparente que juega con el equilibrio entre melodía, armonía y ritmo

En sus obras para piano, Tailleferre despliega un lenguaje que, aunque aparentemente ligero, está construido con una gran inteligencia estructural. Su relación con el neoclasicismo no es imitativa, sino crítica: retoma formas y gestos del pasado para reinterpretarlos desde una sensibilidad moderna, a menudo con una ironía sutil que desactiva cualquier tentación de solemnidad.

Su música cuestiona de manera implícita una de las asociaciones más persistentes en la historiografía musical: la identificación entre ligereza y superficialidad. En Tailleferre, la ligereza es una elección estética consciente, una forma de depuración que elimina lo accesorio para concentrarse en lo esencial. La síntesis, lejos de empobrecer el discurso, lo intensifica.

Además, su trayectoria pone de manifiesto otra cuestión clave: incluso dentro de grupos reconocidos y plenamente integrados en la vida musical de su tiempo, las compositoras han sido a menudo relegadas a un segundo plano en la construcción del relato histórico. Su presencia en Les Six no garantizó su permanencia en el canon en igualdad de condiciones.

Revisar hoy su obra pianística implica no solo redescubrir una escritura de gran calidad, sino también cuestionar los mecanismos que han condicionado la visibilidad y la valoración de determinadas figuras dentro de la modernidad musical.



Nuevas poéticas del sonido en el siglo XXI

Kaija Saariaho


La escritura pianística de Kaija Saariaho se inscribe en una concepción espectral del sonido, heredera de las corrientes que, desde finales del siglo XX, sitúan el timbre en el centro del pensamiento compositivo y desplazan el foco desde la organización armónica tradicional hacia la percepción acústica del fenómeno sonoro. En este marco, el sonido deja de concebirse como una entidad abstracta -una nota dentro de un sistema- para convertirse en un objeto complejo, rico en armónicos, densidades y procesos internos. No se trata ya de lo que el sonido representa dentro de una estructura, sino de lo que el sonido es en sí mismo: materia, energía y transformación.

Aplicado al piano, este enfoque supone una redefinición profunda de su identidad. El instrumento deja de ser entendido principalmente como un dispositivo percutivo, definido por el ataque y la articulación, para convertirse en una fuente de resonancias complejas, en un campo vibratorio donde cada sonido contiene múltiples capas y evoluciones. La atención se desplaza hacia lo que ocurre después del impacto: la propagación del sonido en el espacio, su interacción con otros registros, su progresiva disolución. El piano ya no se limita a emitir sonido, sino que lo sostiene, lo transforma y lo proyecta en el tiempo.

De este modo, el instrumento se reconfigura como un espacio de escucha más que de emisión, un lugar donde el sonido no se impone, sino que se revela en su devenir. Saariaho no escribe únicamente para el piano como mecanismo, sino para su resonancia, para su capacidad de generar continuidad, ambigüedad y profundidad perceptiva. En este contexto, cada sonido deja de ser un punto para convertirse en un proceso.

En sus obras para piano, como Prelude o Ballade, Saariaho trabaja con una escucha casi microscópica del sonido. Desde un punto de vista analítico, su escritura se caracteriza por:
  • un uso altamente refinado del pedal como elemento estructural, no solo como prolongación del sonido, sino como herramienta de modelado tímbrico
  • una atención constante al decaimiento y a las transiciones entre sonidos, donde el silencio no es ausencia, sino continuidad
  • una organización del material basada en procesos de transformación progresiva más que en el desarrollo temático tradicional

El resultado es una música en la que la forma no se percibe como una arquitectura cerrada, sino como un flujo en constante mutación. El tiempo se dilata, se expande, y la percepción del oyente se desplaza desde la articulación del discurso hacia la experiencia del sonido en sí mismo.

En este sentido, la aportación de Saariaho al repertorio pianístico contemporáneo es especialmente significativa: no amplía únicamente el lenguaje del instrumento, sino que redefine las condiciones mismas de la escucha. Su música nos invita a habitar el sonido, a percibir sus capas internas y sus transformaciones más sutiles.

El piano, en sus manos, deja de ser un instrumento de proyección para convertirse en un espacio de resonancia, donde cada sonido contiene en sí mismo su propio devenir.



Unsuk Chin

Los Études de Unsuk Chin representan una de las contribuciones más significativas al repertorio pianístico reciente, situándose en la línea de aquellas obras que, históricamente, han redefinido el concepto mismo de estudio -de Frédéric Chopin a György Ligeti- como laboratorio de exploración técnica y sonora.

En Chin, el virtuosismo deja de ser un fin en sí mismo para convertirse en una herramienta de investigación perceptiva. Cada estudio plantea un problema específico no solo de ejecución, sino de escucha: ¿cómo se organiza el tiempo cuando la regularidad desaparece?, ¿cómo percibimos la continuidad en medio de la fragmentación?, ¿qué ocurre cuando el sonido parece desmaterializarse en pura energía?

Desde un punto de vista analítico, su escritura se caracteriza por:

una complejidad rítmica extrema, con superposición de capas temporales y patrones irregulares
el uso de texturas en rápida transformación, donde las figuras se disuelven y reaparecen en distintas configuraciones
una exploración tímbrica que amplía las posibilidades del instrumento sin recurrir necesariamente a técnicas extendidas, sino a una explotación sofisticada del ataque, la articulación y el registro

Uno de los aspectos más fascinantes de estas Études es su capacidad para generar ilusiones perceptivas. El oyente se enfrenta a un sonido en constante mutación, donde las referencias se desplazan y la estabilidad desaparece. El piano se convierte así en un espacio de ambigüedad, donde lo que se escucha no siempre coincide con lo que se percibe.

El resultado es una música de enorme energía y precisión, en la que la escritura pianística alcanza un grado de refinamiento técnico y conceptual excepcional. En este sentido, la aportación de Chin no solo amplía el repertorio contemporáneo, sino que redefine el virtuosismo como una experiencia intelectual, sensorial y casi óptica.

Sus Études no son únicamente ejercicios: son paisajes sonoros en los que el piano deja de ser un instrumento familiar para convertirse en un organismo complejo, imprevisible y profundamente contemporáneo.



Anna Thorvaldsdottir

En la música de Anna Thorvaldsdottir, el piano se transforma en un paisaje sonoro. Su escritura se sitúa en una estética donde el sonido no se organiza en torno a la narratividad o al desarrollo temático, sino a través de procesos de transformación lenta y continua. La forma, en este contexto, no se percibe como una arquitectura definida, sino como una expansión orgánica, casi geológica, en la que los materiales emergen, se superponen y se disuelven.

Desde un punto de vista analítico, su lenguaje se caracteriza por:
  • densidades sonoras en constante evolución
  • uso del registro como elemento espacial
  • una temporalidad dilatada que desplaza la percepción del pulso

El resultado es una música en la que la escucha adquiere una dimensión casi física. El oyente no sigue un discurso, sino que habita un entorno sonoro. El piano deja de ser un instrumento de articulación para convertirse en un espacio inmersivo, donde el sonido se percibe como materia en movimiento.



Lera Auerbach

Los 24 Preludes de Lera Auerbach dialogan de manera explícita con la tradición pianística -de Johann Sebastian Bach a Frédéric Chopin o Dmitri Shostakovich- desde una sensibilidad profundamente contemporánea. Lejos de plantear una ruptura, Auerbach propone una relectura: una escritura que se nutre de formas históricas para interrogarlas desde el presente.

Su lenguaje articula una tensión constante entre memoria y actualidad, entre lo reconocible y lo inesperado. Cada preludio funciona como una miniatura expresiva en la que conviven:

referencias estilísticas implícitas
giros armónicos inesperados
una fuerte carga emocional, cercana a una expresividad casi teatral

En su música, el pasado no es un peso, sino un material vivo. La tradición no se conserva: se reactiva.



Sira Hernández

En el contexto actual, la figura de Sira Hernández aporta una voz singular dentro del repertorio pianístico contemporáneo. Pianista y compositora, su escritura se sitúa en un territorio donde la introspección, la espiritualidad y la relación con otras artes -especialmente la literatura y la pintura- ocupan un lugar central. Heredera de una genealogía española y catalana de grandes pianistas que fueron también grandes compositores.

Su música para piano se caracteriza por:
  • una escritura depurada, de gran concentración expresiva
  • una relación muy estrecha entre sonido y silencio
  • una temporalidad contemplativa, cercana a la meditación

En sus obras, el piano no es un espacio de exhibición ni de experimentación técnica, sino un lugar de interioridad. La escucha se vuelve íntima, casi confesional, invitando al oyente a un tiempo suspendido, alejado de la lógica discursiva tradicional.


Y, sin embargo, hay algo más que conviene subrayar. El tiempo -como siempre en la historia de la música- será quien determine qué obras permanecen, qué nombres se consolidan y qué repertorios se integran en la memoria colectiva. Pero precisamente por eso, por esa incertidumbre inherente al devenir histórico, resulta fundamental no perder de vista lo que está sucediendo a nuestro alrededor.

Muchas de las compositoras que hoy escriben, que hoy estrenan, que hoy buscan su lugar en los escenarios y en la escucha, serán -con toda probabilidad- parte esencial de nuestro repertorio futuro. Ignorarlas ahora no solo empobrece el presente, sino que condiciona el legado que estamos construyendo.

Escuchar a creadoras como Sira Hernández hoy no es solo un gesto de atención hacia el presente: es una forma de anticipar el futuro de la música.


Y tantas otras…

Estas compositoras no son casos aislados, sino parte de una constelación mucho más amplia. Desde diferentes geografías, lenguajes y generaciones, numerosas creadoras están redefiniendo hoy el repertorio pianístico, ampliando sus límites y proponiendo nuevas formas de relación entre el sonido, el cuerpo y la escucha. Podríamos haber citado a muchas más. Nombrarlas es solo el comienzo. Escucharlas -de verdad- es el verdadero gesto transformador.



Por qué importa este repertorio

Incorporar estas obras al repertorio no es una cuestión de cuota ni de corrección política. Es, ante todo, una cuestión de precisión histórica y de riqueza estética. Ignorar una parte significativa de la producción musical por razones ajenas a su valor artístico implica aceptar una visión incompleta —y, por tanto, distorsionada— de la historia de la música.

Las compositoras de los siglos XX y XXI no solo participan de las corrientes estéticas de su tiempo, sino que contribuyen activamente a transformarlas. Sus obras amplían las posibilidades técnicas y expresivas del piano, introducen nuevas relaciones entre forma, sonido y tiempo, y proponen modos de escucha que, en muchos casos, desbordan los marcos heredados. Desde la exploración del timbre como elemento estructural hasta la redefinición del gesto pianístico como experiencia física o perceptiva, este repertorio forma parte de las líneas más avanzadas del pensamiento musical contemporáneo.

Además, su estudio permite comprender mejor los procesos históricos de exclusión y selección que han configurado el canon. La ausencia relativa de estas obras en los programas de concierto, en los planes de estudio o en la discografía no responde a una falta de relevancia, sino a dinámicas institucionales y culturales que han condicionado qué se conserva, qué se interpreta y qué se transmite.

En este sentido, incorporar este repertorio no es añadir una capa externa al relato existente, sino intervenir en su estructura. Supone revisar los criterios de valor, cuestionar las jerarquías establecidas y abrir el campo de la interpretación a una pluralidad de voces que siempre han estado presentes, aunque no siempre visibles.

Pero, sobre todo, nos obliga a replantear una idea fundamental: la historia de la música no es un relato fijo ni cerrado, sino un proceso en constante reescritura. Un proceso en el que cada generación decide, consciente o inconscientemente, qué escucha, qué olvida y qué considera digno de ser transmitido.

Escuchar estas obras hoy no es solo un acto de recuperación. Es un gesto crítico. Y también, en última instancia, una forma de responsabilidad cultural.



Escuchar como acto crítico

Escuchar estas obras hoy implica asumir una responsabilidad: la de no reproducir pasivamente un canon heredado, sino participar activamente en su transformación. La escucha no es un acto neutro ni inocente; es una práctica cultural que selecciona, legitima y da continuidad a determinados repertorios frente a otros. Cada programa de concierto, cada clase, cada grabación y cada recomendación construyen —de manera explícita o implícita— una idea de lo que la música es y de lo que merece ser escuchado.

En este sentido, ampliar la escucha hacia las obras de compositoras no consiste únicamente en diversificar contenidos, sino en cuestionar los criterios que han definido históricamente el valor, la relevancia y la permanencia. Supone preguntarse por qué determinadas obras han sido transmitidas de generación en generación mientras otras, igualmente significativas, han quedado fuera del circuito de la memoria musical.

La escucha crítica implica también un cambio de posición: pasar de consumidores de un repertorio dado a agentes activos en su construcción. Significa aceptar que el canon no es un legado inmutable, sino una estructura dinámica que se reconfigura constantemente a través de nuestras decisiones individuales y colectivas.

Pero hay algo más. Escuchar estas músicas nos confronta con otras formas de pensar el tiempo, el sonido, el gesto y la expresión. Nos obliga a salir de los marcos habituales de percepción y a abrirnos a experiencias que, en muchos casos, desafían nuestras expectativas. En esa incomodidad —en ese desplazamiento— reside precisamente su potencia transformadora.

Porque, en última instancia, la pregunta no es solo qué obras escuchamos, sino qué historias decidimos sostener con nuestra escucha. Y, sobre todo, qué historias estamos dispuestos a dejar entrar en el futuro de la música.

© Ruth Prieto, marzo 2026



La foto de Ruth Crawford Seeger es de la Peggy Seeger Collection, la de Kaija Saariaho es de Maarit Kytoharju, la de Unsuk Chin es de Priska Ketterer, la de Anna Thorvaldsdottir es de Anna Maggyy, la de Lera Auerbach es de FriedrunReinhold y la de Sira es de Ramiro E. Las demás fotos son composiciones de ICIA creada por Ruth Prieto a partir de dibujos personales sobre fotos de archivo



 

Destacamos ...



Este trabajo tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0