Afinar la escucha: ¿Quién decide lo que merece ser escuchado?
26/05/2026
Entre herencias culturales, algoritmos y programaciones musicales, seguimos escuchando un relato que a menudo damos por natural. Pero ¿quién decide realmente qué músicas permanecen en nuestra memoria colectiva y cuáles quedan fuera del foco? En este nuevo tiempo de reflexión, Ruth Prieto propone una mirada crítica sobre el canon, la legitimidad cultural y los mecanismos que, todavía hoy, condicionan nuestra manera de escuchar en los siglos XX y XXI.
Vivimos rodeados de música. Nunca antes habíamos tenido acceso a tantos archivos, grabaciones, plataformas, catálogos y repertorios. Podemos escuchar sin movernos del asiento, en casa una sinfonía de Mahler, una ópera barroca olvidada, una obra electroacústica de los años sesenta o el estreno absoluto de una compositora contemporánea desde cualquier parte del mundo. Y, sin embargo, la pregunta sigue siendo incómodamente necesaria: ¿quién decide realmente lo que merece ser escuchado?
Porque escuchar nunca ha sido un acto completamente inocente. Escuchamos aquello que alguien programa, selecciona, publica, enseña, recomienda, financia o legitima. Y esa legitimación —aunque a menudo se presente como natural, objetiva o inevitable— forma parte de una construcción cultural profundamente vinculada a las instituciones, al poder, a la tradición y a los mecanismos de transmisión de la memoria.
Durante siglos, el relato musical occidental se organizó alrededor de una idea muy concreta de patrimonio. Un conjunto de nombres, obras y estilos que terminaron consolidándose como
“la gran historia de la música”. Un canon que se fue fijando especialmente a partir del siglo XIX, cuando Europa comenzó a construir la noción moderna de repertorio, museo y herencia cultural. La música dejó de ser únicamente experiencia viva para convertirse también en museo y monumento.
Y como ocurre con todos los monumentos, alguien decidió qué debía permanecer en pie.
El siglo XX heredó esa estructura, pero también empezó a cuestionarla. La aparición de la musicología crítica, los estudios culturales, el feminismo, la etnomusicología y las nuevas corrientes historiográficas abrieron grietas importantes en un relato que durante mucho tiempo había parecido inamovible. Poco a poco comenzaron a emerger preguntas incómodas: ¿qué voces habían quedado fuera? ¿Qué músicas fueron consideradas “centrales” y cuáles “periféricas”? ¿Qué papel jugaron las instituciones, las academias, las editoriales, los conservatorios o las industrias culturales en la construcción de ese imaginario sonoro?
La cuestión ya no era únicamente qué música era buena, sino quién había tenido la posibilidad de decidirlo.
En las últimas décadas, esta reflexión se ha vuelto todavía más urgente. El siglo XXI vive una paradoja fascinante: por un lado, existe una aparente democratización de la escucha gracias al acceso digital; por otro, los algoritmos han comenzado a ocupar un lugar decisivo en nuestra relación con la música. Plataformas, métricas, tendencias y sistemas de recomendación condicionan cada vez más aquello que escuchamos. La escucha contemporánea parece libre, pero también es profundamente dirigida.
Ya no son solo las instituciones tradicionales quienes determinan el foco cultural. También lo hacen las plataformas digitales, los sistemas de visibilidad, las agencias y las dinámicas de consumo rápido.
En ese contexto, la música contemporánea ocupa un lugar especialmente revelador. Durante décadas, gran parte de la creación del siglo XX y XXI ha convivido con una tensión constante entre innovación y marginalidad. Mientras algunos nombres lograron consolidarse dentro del gran relato de la modernidad musical, otros quedaron desplazados hacia circuitos especializados, espacios alternativos o públicos muy reducidos.
Y ahí aparece otra pregunta fundamental: ¿qué ocurre con todo aquello que no encaja fácilmente en los relatos dominantes?
Porque la historia de la música no está hecha únicamente de grandes consensos. También está construida a partir de silencios. Silencios alrededor de compositoras, creadores periféricos, músicas experimentales, tradiciones no occidentales, escenas independientes o propuestas que cuestionaban las jerarquías establecidas.
La invisibilidad no siempre significa ausencia. A menudo significa simplemente falta de foco.
Quizá por eso hoy resulta tan importante seguir afinando la escucha. Escuchar de otra manera. Escuchar más allá de la costumbre. Preguntarnos por qué ciertas obras aparecen constantemente en las programaciones mientras otras continúan esperando una oportunidad para ser escuchadas. Preguntarnos qué significa realmente “importancia” en cultura. Preguntarnos si la tradición debe ser únicamente conservación o también revisión crítica.
El siglo XXI no necesita destruir el canon, pero sí aprender a mirarlo con mayor conciencia histórica. Comprender que toda selección implica una exclusión. Que toda memoria cultural es parcial. Y que ampliar la escucha no significa borrar el pasado, sino hacerlo más complejo, más plural y más honesto.
Quizá ahí resida una de las tareas culturales más importantes de nuestro tiempo: aprender a escuchar no solo aquello que heredamos, sino también aquello que quedó fuera del relato.
Porque a veces las músicas más necesarias no son las que más suenan.
Y quizá la verdadera modernidad consista precisamente en eso: en seguir preguntándonos quién decide lo que merece permanecer en nuestra escucha.
Mayo 2026, 18 años en El Compositor Habla, Ruth Prieto

Ruth Prieto es pianista, musicógrafa, periodista musical y divulgadora especializada en música clásica, contemporánea y compositoras. Fundadora y directora de
El Compositor Habla y creadora y directora de
La Soirée Musicale en Radio Alma (Bruselas), su trabajo se centra en acercar la música al público actual, fomentando una escucha crítica y comprometida, con especial atención a la creación contemporánea y a la visibilización de las mujeres en la historia de la música.