Durante siglos hemos aprendido a escuchar la historia de la música a través de un conjunto de obras y nombres que consideramos imprescindibles. Pero ¿quién decidió que fueran esos y no otros? En esta nueva entrega de Afinar la escucha, Ruth Prieto reflexiona sobre el canon musical, la construcción del gusto y las voces que han quedado fuera de nuestra memoria cultural. Una invitación a escuchar la historia con oídos más atentos y una mirada más crítica.
Estamos rodeados de música. La escuchamos en los conciertos, en las plataformas digitales, en la radio, en las películas, en los espacios públicos e incluso en nuestros momentos de silencio. Nunca habíamos tenido acceso a tanta música y, sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntarnos por qué escuchamos precisamente esas obras y no otras.
Cuando pensamos en la historia de la música solemos imaginar una sucesión natural de grandes compositores y grandes obras. Bach, Mozart, Beethoven, Schubert, Wagner o Debussy. Nombres que aparecen una y otra vez en los libros, en las programaciones, en las grabaciones y en la enseñanza musical. Con el tiempo, esa repetición acaba generando una sensación de inevitabilidad. Como si esas obras hubieran llegado hasta nosotros únicamente porque son las mejores.
Pero ¿es realmente así?
La respuesta es más compleja de lo que parece. Porque la historia de la música no solo se escribe con partituras. También se construye con decisiones: qué se interpreta, qué se publica, qué se estudia, qué se graba y qué se transmite de una generación a otra.
Quienes trabajamos siguiendo la actualidad musical convivimos constantemente con esa paradoja. Cada semana asistimos a estrenos, descubrimos nuevas obras y conocemos compositores y compositoras que amplían el paisaje sonoro de nuestro tiempo. Sin embargo, basta con abrir la programación de muchos auditorios para comprobar que seguimos escuchando, una y otra vez, a los mismos nombres. No porque no exista buena música nueva. Tampoco porque el repertorio histórico haya agotado todo lo que tiene que decir. Simplemente, el canon continúa ejerciendo una enorme fuerza de atracción. Y esa fuerza no depende únicamente de la calidad artística, sino también de hábitos culturales, modelos educativos, decisiones institucionales e inercias difíciles de romper. Por eso el canon no es solo una herencia del pasado: también es una construcción del presente.
No se trata de cuestionar el valor de las grandes obras ni de sustituir un canon por otro. Forman parte de un patrimonio extraordinario que sigue emocionándonos y ayudándonos a comprender la historia de la música. Se trata, más bien, de preguntarnos cómo se construye ese canon y por qué tendemos a aceptarlo como si fuera una realidad inmutable.
Porque la historia demuestra que no lo es. Basta mirar unas pocas décadas atrás. Hay compositores que hace veinte o treinta años ocupaban de forma habitual las programaciones, impulsados también por el prestigio, la influencia o el poder que tenían dentro de la vida musical de su tiempo. Tras su desaparición, muchas de esas obras han ido perdiendo presencia hasta quedar prácticamente relegadas al olvido. No necesariamente porque su música haya dejado de tener calidad, sino porque el canon también responde a equilibrios culturales, decisiones institucionales y cambios de sensibilidad.
Por eso merece la pena preguntarse no solo qué obras permanecen, sino también quién decide esa permanencia y bajo qué criterios. El canon no es una lista cerrada; es una conversación que cada generación vuelve a abrir.
Quizá el problema no sea el canon, sino la forma en que nos relacionamos con él. A veces lo entendemos como una lista definitiva de obras imprescindibles, cuando en realidad ha sido el resultado de siglos de elecciones, preferencias y circunstancias históricas. Ningún canon nace acabado. Se construye. Y, como toda construcción cultural, refleja tanto lo que incluye como lo que deja fuera.
Resulta curioso que defendamos con entusiasmo la música del pasado y, al mismo tiempo, desconfiemos con tanta frecuencia de la música que se está escribiendo hoy. Olvidamos que Bach, Beethoven o Debussy también fueron, en su momento, compositores contemporáneos. Sus obras también fueron estrenos. También desconcertaron, sorprendieron o rompieron expectativas.
Quizá la diferencia es que hoy conocemos el final de su historia. Sabemos que aquellas obras terminaron formando parte del patrimonio musical. Con la música de nuestro tiempo, en cambio, todavía no existe esa certeza. Escucharla exige asumir un pequeño riesgo: el de enfrentarnos a lo desconocido sin saber si estamos ante una obra que dentro de cien años seguirá sonando o si desaparecerá con el paso del tiempo.
Pero precisamente ahí reside una de las grandes aventuras de escuchar. Tener la curiosidad de descubrir qué está ocurriendo hoy. Acercarse a un estreno sin compararlo inmediatamente con el pasado. Escuchar una nueva partitura con la misma disposición con la que imaginamos que alguien escuchó por primera vez una sinfonía de Beethoven o un preludio de Debussy.
Esa curiosidad forma parte de la identidad de El Compositor Habla. Desde hace casi dos décadas seguimos la creación musical de nuestro tiempo porque creemos que la historia de la música no terminó hace cien años. Se sigue escribiendo cada día. Cada estreno, cada nueva obra y cada joven compositor o compositora forman parte de ese patrimonio que todavía está naciendo.
No todas esas obras permanecerán. Nunca ha sido así. Tampoco sobrevivieron todas las músicas del pasado. Pero si renunciamos a escucharlas por el simple hecho de ser nuevas, estaremos renunciando también a participar en la construcción de la memoria musical del futuro.
Quizá por eso me gusta hablar de afinar la escucha. No significa escuchar menos a los clásicos. Significa escuchar con mayor curiosidad. Con menos certezas y más preguntas. Estar dispuesto a descubrir una obra desconocida con la misma atención con la que volvemos a una sinfonía que conocemos de memoria.
Porque escuchar no consiste únicamente en reconocer lo familiar. También implica dejar espacio para aquello que todavía no forma parte de nuestra memoria musical.
Y quizá esa sea una de las responsabilidades más apasionantes de nuestro tiempo: no solo conservar el patrimonio que hemos recibido, sino mantener la escucha suficientemente abierta para que el patrimonio del futuro pueda empezar a construirse hoy.

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