ISSN 2605-2318

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Messiaen en Ibermúsica: una Turangalîla para el recuerdo


28/04/2026

El Auditorio de Música acogió uno de los grandes hitos musicales de la temporada: la imponente Turangalîla de Olivier Messiaen. Bajo la dirección de Jonathan Nott, la obra regresó al ciclo de Ibermúsica con toda su desmesura, su color y su inagotable capacidad de asombro. Ismael G. Cabral




23-IV-2026. Madrid. Auditorio Nacional de Música. Pierre-Laurent Aimard, piano. Thomas Bloch, ondas Martenot. Orquestra Simfònica de Barcelona I Nacional de Catalunya. Jonathan Nott, director. Olivier Messiaen: Sinfonía Turangalîla. Ciclo de Ibermúsica.

Uno de los acontecimientos musicales más importantes del año tuvo lugar el pasado 23 de abril en el Auditorio Nacional -al día siguiente, también en L’Auditori de Barcelona-: la interpretación de la monumental Sinfonía Turangalîla, ese “arcoíris teológico” en palabras de su compositor, Olivier Messiaen (1908-1992) que, pese a lo excéntrico y excesivo de su construcción formal, a sus estallidos rítmicos y melódicos, continúa siendo una de las obras más sobresalientes de la música del siglo XX.

El director Jonathan Nott, que acaba de asumir la titularidad artística del Gran Teatre del Liceu, se ponía al frente de la Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña para reponer una obra que no se escuchaba en el Ciclo de Ibermúsica desde el año 1993. Un ciclo musical este, de primer orden en el calendario madrileño, que se engrandece cada vez que se amplía por sus márgenes ofreciendo la oportunidad de oír música de nuestro tiempo. La Turangalîla, en efecto, y con toda su poética de la desmesura, continúa apelándonos como si se tratara de una música que surgiera nueva ante nuestros oídos cada vez que nos exponemos a ella. Toda su sobrecarga y su alambicada ambición propicia un gozoso borrado; siempre reconocible y novedosa; de ello da buena cuenta el gran número de referencias fonográficas que atesora y, a mayores, los múltiples y contrastantes acercamientos que la partitura permite.

La de Nott con el concurso de Pierre-Laurent Aimard al piano y Thomas Bloch en las ondas Martenot fue un prodigio del equilibrio entre las diferentes facetas de la obra. Ante una pieza que permite crecidas sinfónicas que oscurezcan o, directamente, devoren a los solistas; el director inglés dio exacto lugar a todos. Tomaremos dos pasajes antagónicos como ejemplo de esto. El movimiento Joie du sangue des étoiles fue una oda al paroxismo, una furiosa descarga de energía en la que la audición se cargó de unos tonos alucinantes, puro delirio rítmico, ya en la furia pianística de Aimard y en las intervenciones galácticas de Bloch en las Martenot; el instrumento electrónico nunca fue, en esta ejecución, un mero color; actuó como contraparte del piano, en episodios como este como un dúo virtuoso. De otro lado, Jardin du sommeil d’amour tuvo algo de minimalismo místico (!) en la capacidad de Nott de retener el sonido, de hacer espejear como bucles las frases de la cuerda junto a un piano que, por primera vez, parecía abstraído, como ajeno al colchón sinfónico, ensimismado como estaba Aimard en unas líneas que, de forma más evidente en este movimiento, se llenan de cantos de aves.

Si asumimos el relato de Messiaen al respecto de Turangalîla como una celebración de la vida, entonces lo que hizo Nott junto a los músicos de la Sinfónica de Barcelona (aumentada hasta rebasar el centenar de profesores) fue exactamente atarse a esta intención. Desde la Introducción al Final la versión se construyó con cariz arquitectónico, en constante crecimiento, con acúmulos rítmicos endiablados que pusieron muy a prueba la capacidad de la orquesta para no trastabillar en la maraña y seguir las exactas órdenes del director.

Hubo solemnidad en la aceleración del final de la obra pero, sobre todo, se primó el color y la explosividad de una música que tuvo en Thomas Bloch a un gran valedor en las ondas, sobresaliendo su capacidad de afinar y algunas acometidas de enorme intensidad; toda la audición gozó de ese latido marciano que otorga un instrumento que sigue siendo un excéntrico oráculo: sigue llamando nuestra atención como si hubiera sido inventado ayer mismo. Volviendo a la visión de Nott no hubo nunca sensación de abigarramiento -y esta puede aparecer en un movimiento como el primer Chant d’amour- y sí una percepción de que se estaba explotando todo el material temático que, como en bloques conforma la obra, con el uso de leitmotivs que irrumpen en numerosos momentos de la escucha.


Las fotos son de Rafa Martín / Ibermúsica.
 
 
© Ismael G. Cabral
 
 
 

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