El Auditorio de Música acogió uno de los grandes hitos musicales de la temporada: la imponente Turangalîla de Olivier Messiaen. Bajo la dirección de Jonathan Nott, la obra regresó al ciclo de Ibermúsica con toda su desmesura, su color y su inagotable capacidad de asombro. Ismael G. Cabral

El director Jonathan Nott, que acaba de asumir la titularidad artística del Gran Teatre del Liceu, se ponía al frente de la Sinfónica de Barcelona y Nacional de Cataluña para reponer una obra que no se escuchaba en el Ciclo de Ibermúsica desde el año 1993. Un ciclo musical este, de primer orden en el calendario madrileño, que se engrandece cada vez que se amplía por sus márgenes ofreciendo la oportunidad de oír música de nuestro tiempo. La Turangalîla, en efecto, y con toda su poética de la desmesura, continúa apelándonos como si se tratara de una música que surgiera nueva ante nuestros oídos cada vez que nos exponemos a ella. Toda su sobrecarga y su alambicada ambición propicia un gozoso borrado; siempre reconocible y novedosa; de ello da buena cuenta el gran número de referencias fonográficas que atesora y, a mayores, los múltiples y contrastantes acercamientos que la partitura permite.
La de Nott con el concurso de Pierre-Laurent Aimard al piano y Thomas Bloch en las ondas Martenot fue un prodigio del equilibrio entre las diferentes facetas de la obra. Ante una pieza que permite crecidas sinfónicas que oscurezcan o, directamente, devoren a los solistas; el director inglés dio exacto lugar a todos. Tomaremos dos pasajes antagónicos como ejemplo de esto. El movimiento Joie du sangue des étoiles fue una oda al paroxismo, una furiosa descarga de energía en la que la audición se cargó de unos tonos alucinantes, puro delirio rítmico, ya en la furia pianística de Aimard y en las intervenciones galácticas de Bloch en las Martenot; el instrumento electrónico nunca fue, en esta ejecución, un mero color; actuó como contraparte del piano, en episodios como este como un dúo virtuoso. De otro lado, Jardin du sommeil d’amour tuvo algo de minimalismo místico (!) en la capacidad de Nott de retener el sonido, de hacer espejear como bucles las frases de la cuerda junto a un piano que, por primera vez, parecía abstraído, como ajeno al colchón sinfónico, ensimismado como estaba Aimard en unas líneas que, de forma más evidente en este movimiento, se llenan de cantos de aves.Este trabajo tiene la licencia CC BY-NC-SA 4.0